A un Metro

‘Faltan 4 minutos para el próximo tren.’ El cartel luminoso es preciso. El Metro de Madrid une prácticamente toda la ciudad.

‘Faltan 3 minutos para el próximo tren.’ Todo está limpio, en silencio, no hay aglomeraciones de gente en la estación Pan Bendito de la línea 11.

‘Faltan 2 minutos para el próximo tren’. Los boletos cuestan entre 1,6 y 2 euros y pico, bastante dinero, y los accesos son un poco complejos para los discapacitados en algunas estaciones que no cuentan con escaleras mecánicas ni ascensores. 

‘Falta 1 minuto para el próximo tren’. Es difícil perderse en el Metro madrileño pese a las múltiples combinaciones posibles de las diferentes líneas, todo está perfectamente indicado en los carteles, y en los mapas y planos que entregan.

‘Próximo tren va a efectuar su entrada a la estación’. Para que se abran las puertas hay que apretar un botón en el medio, y un señal lumínica indica que el contacto fue realizado con éxito. Se deslizan suavemente hacia afuera, se ingresa con facilidad.

Hay mucho espacio en el interior. Los asientos plásticos a un costado semivacíos y los caños amarillos del centro del vagón parecen un adorno.

Hay mucho silencio y luminosidad. No hay olores que desentonen, todo parece estático. Sólo la voz de un niño sacude el inmóvil ambiente.

Una adolescente, prolijamente vestida y peinada, navega –naufraga- en su smartphone.

Pequeños televisores que se desprenden de los techos en el centro de los vagones informan sobre las obras del gobierno madrileño y muestran alguna noticia de índole cultural.

Desde un altoparlante informan el nombre de la próxima estación. Hasta allí, sólo voces en off.

“Señoras y señores, disculpen la molestia, soy un padre de familia desempleado, por eso estoy vendiendo estas obleas de chocolate. Una por 50 céntimos, 3 por un euro. Obleas de chocolate, una por 50 céntimos, 3 por un euro.” Es un hombre bien vestido, jean, sweater oscuro y campera, regordete, con un estuche agarrado al cinto donde guarda las monedas.

Ruido, por primera vez. Cifras de desempleo en España superan el 25% a inicios de 2014. Modelos que tambalean, épocas de rupturas de paradigmas.

Al improvisado vendedor le va bien, vendió 6 obleas.

Un cartel de publicidad en una de las estaciones destaca el slogan: “A un Metro”, para promocionar las bondades del Metro madrileño. Debajo, en marcador, se lee la frase: “Es publicidad fraudulenta que enriquece a 4 paletos del PP (fuera)”. Paleto: Dicho de una persona: Falta de trato social. PP: Partido Popular, gobierna en España de la mano de Rajoy desde 2011.

El mismo vendedor, en su camino hacia el otro vagón, alerta: “Cuidado las carteras, carteristas al fondo”. La frase la repetía cada dos o tres metros como si fuera un eco.

La gente comenzó a moverse. Algunos pusieron sus mochilas sobre sus pechos, otros cerraron bien los cierres de sus bolsillos. Ojos iban y venían, buscaban, indagaban, interrogaban. Miradas inquisidoras, ¿dónde están? ¿Quiénes son? Atención, algo anda mal.

En la estación siguiente subieron dos policías al último vagón. Seguramente fueron alertados por el sistema de vigilancia que cuenta con cámaras que capturan hasta el último detalle de lo que pasa bajo tierra. Mientras tanto, en la superficie, se siguen escapando muchas cosas.

JII. MAdrid, España. Enero 2014

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