Latinoamérica en Holanda: Amsterdam Intervallum

* Publicado en Ficciones PPF

amsterdam_004Amsterdam me recibió igual que me despidió Utrecht. Cielo gris e intensa lluvia otoñal. La escena general (contexto atmosférico y geográfico) invitaba a un largo paseo a pie. De la estación central al hostel había unos siete canales, más dos avenidas principales. Le calculé una hora, que terminaron siendo casi dos con la parada alimentaria y sanitaria, un par de cigarrillos junto al agua y algunas otras distracciones.

A la ciudad le sienta muy bien el color gris sobre grandes grupos de nubes, dispuestas a arrojar agua sobre el firmamento. Parece más genuina. Un cliché de las ciudades europeas es apreciarlas en ese color. El casco antiguo de Ámsterdam y el estilo arquitectónico propio del norte de Europa (en su particularidad holandesa), se llevan muy bien con ese telón de foto. Es la foto ideal. Es como pedirle a Buenos Aires que no sea de noche. Pero también hay lugar para el sol. Si despliega su fuerza y energía con violencia, no hay como el contraste con la formidable naturaleza construida de sus parques. Con algunos de ellos valdría la simplificación de medirlos en kilómetros o hectáreas. El verde es a la luz del sol lo que las ciudades viejas son al cielo gris, estética y conceptualmente. Y Amsterdam, como icónica ciudad europea, cumple con todos los requisitos. La flexibilidad certera para los distintos climas. ¿O será que cualquier rincón del planeta porta el potencial de belleza con cualquier cielo?

Al vagar por Amsterdam, el transeúnte tiene la impresión de estar moviéndose adentro de una maqueta de construcciones simétricas. O, como sucede también en Alemania, de estar involucrado en algún dibujo animado de la infancia. La noción de realidad se vuelve difusa en el marco del poderoso envión que da la ciudad a las piernas, aun cuando se estén cargando doce kilos en la espalda.

Las imágenes, sobre todo las que surgen en el cruce de los canales, rememoran el disfrute ignorante de algunos museos. Van Gogh y tantos desconocidos de la pintura holandesa anticipan la ciudad de manera magistral. Y aun más increíble es ensayar las posibilidades de aquellos paisajes de las pinturas que muestran la Ámsterdam del siglo XV y XVI. Esos mismos canales, alguna vez, se veían de aquella manera.

(Es muy curioso por qué, fuera de Van Gogh y Rembrandt, no hay muchos pintores holandeses de renombre en la tradición pictórica occidental –más allá de los conocimientos de los verdaderos entendidos en la materia-. Es un país que ha entregado un aporte decisivo a la pintura europea –y al arte occidental en general- . Si bien Holanda participó activamente del colonialismo europeo, es claro que la voracidad imperial de otros países ha dejado una huella más profunda y violenta, no solo en la estructura sino, y especialmente, en la superestructura. No obstante lo cual la trascendencia holandesa atraviesa también a la historia; por caso, lo que hoy se conoce como Nueva York supo ser parte del imperio de los Países Bajos, bajo el nombre de Nueva Amsterdam, antes de la derrota en una guerra con los británicos en el siglo XVII.)

La seguridad del transeúnte es parte de la magia de la ciudad, aunque también compleja de sobrellevar sin peligro. Amsterdam invita a perderse en la observación y olvidar, entre otras cosas, que las bicicletas tienen prioridad sobre el que va a pie. El problema es que la vereda y la bici senda se mimetizan a menudo, y uno no siempre tiene en claro si está caminando correctamente, aun prestando especial atención.

El mapa, indispensable los primeros días, muy usado en cualquier ciudad en la que se pase menos de una semana, termina en algún rincón del olvido. Hay tantos llamados de atención que llevan a pequeños desvíos de la ruta original, que resulta inevitable perderse a propósito una y otra vez por los canales, teniendo como única herramienta cierta orientación cardinal. Es más, ese es uno de sus mayores atractivos. Una vez más, no importan las incomodidades. No afectan. Se acurrucan también en algún rincón del olvido, junto al mapa.

La vida seguía fluyendo y me volvía a encontrar en la ciudad en la que había pasado unos cuantos días la semana anterior, y que había conocido allá por febrero de 2010. Dos personas distintas en el mismo cuerpo, aunque también podría decirse la misma persona en un cuerpo distinto. O la combinación que se les ocurra. Siempre depende del ángulo en que uno tome la fotografía.

Para no ir muy al pasado, una semana atrás el plan era ya estar en Bélgica. Mi presencia en Amsterdam había sido tomada un día atrás. La agenda del día no estaba siquiera en la imaginación solo dos o tres días antes. La jornada parecía determinada a producir una nueva discusión acerca de las casualidades y el destino. Decidí que no iba a ser presa tan sencilla de la tentación. Era el momento de ese momento.

El reencuentro con la universidad había generado una impresión. Se trató del regreso al lugar construido por el ser humano para que una porción de la población se reúna a pensar. Últimamente me resultaba evidente que existían los factores suficientes para afirmar que la actualidad universitaria está bastante lejos de su espíritu fundamental. La generalización era absurda, claro está, y aquella mañana quedó demostrado. Escuchar a una profesora holandesa establecer un discurso contra la visión eurocentrista de la conquista de América, en el contexto de una universidad estatal europea, fue un estímulo optimista.

Quizá es más común de lo que uno cree, lo cual no haría más que potenciar el hecho. Un testimonio de ese estilo podría ser fácilmente condenado por antipatriota en muchos sitios que conozco. Como sea, la historia oficial dice que lo que sucedió fue un descubrimiento, cuando en realidad se trató de una invasión territorial y un aniquilamiento genocida a quienes vivían en esta porción del mundo. ¿O es que en 500 años vamos a hablar de cuando Estados Unidos descubrió Oriente Medio?

Desconozco el nivel real de debate acerca de la historia del colonialismo moderno en Europa, pero oír referencias al respecto en ese marco fue inspirador y, a su vez, generador de una cierta hiper conciencia del tamaño de la ignorancia propia. Del tipo que hace a uno sentirse muy pequeño. El sentimiento posterior, una vez que esto comienza a comprenderse, tiene el potencial de convertirse en desafío y ansiedad, frente a todo el conocimiento que queda por buscar y descubrir. Es parte de la vida ser consciente de que uno nunca va a poder conocerlo todo; si el devenir no tuviera tal sello, el ser humano se aburriría muy rápido. Moriría de tedio, de sin sentido. Sería mediocre no hacer el camino solo por el hecho que puede haber un fracaso esperando al final del trecho. Lo más probable es que, de un modo u otro, valdrá la pena.

En alguna parte de ese camino la totalidad se hará presente. También futuro y pasado, por supuesto. Hacia adelante y hacia atrás. Antes y después. Pero en especial ahora. Como sensación o como sugestión. El problema es que luego de la totalidad solo queda la nada. Es inevitable. Las alternativas son dos: aprender a convivir con ello y continuar la búsqueda de nuevos caminos, nuevas totalidades; o resignarse con las migajas de la conformidad.

Como aquel momento, en el que un tipo de vitalidad asociado a cierta sensación de libertad máxima era imperio. Y la palabra sensación no es inocente, ya que el grado de realidad de esta vitalidad estaba necesariamente sujeto a la relatividad de la idea de libre albedrío. Lo que había era una espontánea seguridad de no querer estar en ningún sitio ni haciendo otra cosa; todo era aquel paseo en soledad bajo la intensa llovizna de Amsterdam.

No hubiese cambiado nada, ni siquiera aquellos paraguas que los débiles sostenían o las bicicletas que lo llenaban a uno de lodo al pasar por al lado. La pintura era perfecta. En aquel preciso instante, según las circunstancias dadas, ese era mi lugar en el mundo. Y yo era su dueño. No hay muchas sensaciones de mayor plenitud que esa.

La brisa impactaba en la espalda con la fuerza suficiente como para sentirla, aunque no tanto como para padecerla. Pero su aroma era distinto. Olían a vientos de cambio los de aquella Amsterdam otoñal.

Es interesante y curioso el proceso político: lo novedoso y atractivo para una gran porción de la población holandesa es una perspectiva que sería calificada de reaccionaria bajo las categorías clásicas del pensamiento occidental. Tanto en lo micro como en lo macro, muchos posibles cambios en el corto plazo holandés tienen posibilidad de profundizarse en una tendencia conservadora.

El desafío que enfrenta el país es como reemplazar los ingresos por impuestos y los puestos de trabajo que ofrecen las actividades económicas que se buscan reducir. Y todos los segmentos asociados directa e indirectamente. Es mucho el dinero que mueven la prostitución y la marihuana, particularmente en relación a cierto turismo que solo va en busca de ello (y la agitada vida nocturna), un tipo de turismo que no resulta muy simpático al holandés medio, molesto por el desprecio que aquel turista dispensa a otros atractivos del país.

Como sea, la posibilidad de cobrar impuestos fue el principal factor por el cual Holanda legalizó y formalizó estas actividades (ilegales en la mayor parte del mundo occidental), algo que hoy se sostiene, aun con algunas restricciones. Hay que reconocer que siempre hubo, en ambos casos, cierto espíritu de búsqueda de gestionar desde el Estado su dinámica y, además, hacerlos temas de discusión. Son cuestiones que se debaten con total naturalidad en Holanda, sin hipocresías. Pero el vector fundamental siempre fue el económico.

El nuevo objetivo de fondo, me dijeron, es modificar el perfil turístico de la ciudad o, dicho sin eufemismos, liberarse de un buen porcentaje de los mochileros y aumentar el volumen de visitantes de media y alta gama. Parte del trabajo está hecho. Los impuestos han subido. Los precios también. El costo de vida ya no es lo que era. Y el paquete de medidas regresivas ha sido parcialmente ejecutado.

¿Cuál será el análisis micro y macroeconómico de los que promueven estas iniciativas? Una hipótesis: en un principio disminuirá la población al caer el enorme número de nómades que pueblan la ciudad en plazos cortos. Una suerte de ciclo intermedio hasta construir un sedentarismo más sólido. Los cambios generarán una dinamización de la economía al materializarse en lo concreto. El sector privado asegurará un ordenado movimiento de capitales. En uno o dos lustros la corrección en el sistema será anecdótica.

En cualquier caso, hay que tener en claro que la política en un país de este tipo está dominada por el pragmatismo ideológico. Son economías pequeñas muy bien diseñadas, en las cuales alterar un eslabón que funciona bien (en términos económicos) no suele ser una decisión eficiente (en términos económicos). Estas transformaciones pueden ser más complejas de lo que se cree. Hay ciertas cosas que los números no contemplan, y son totalmente afectados por ellas. No se trata de un mero cambio de modelo de negocio, sino de la identidad de una ciudad.

Las gotas de lluvia, pese a todo, seguían teniendo un sabor intenso. A libertad y a creación. A arte y a naturaleza. A desplazo en serenidad. A dispersión en la concentración. A la unión del tiempo cósmico en un collage de casualidades. ¿Será distinto su gusto la próxima vez?

NC

Amsterdam, Holanda

Octubre de 2012

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