Latinoamérica en Holanda: La Universidad

* Publicado por Ficciones PPF

utrecht_050Fui invitado por mi anfitriona de Coach Surfing en Ede, pequeña ciudad en el centro de Holanda, a presenciar una de sus clases en la universidad de Utrecht, un importante polo estudiantil holandés. Una oportunidad que estaba en el radar, aun habiendo pasado al olvido temporalmente. La lógica de lo inesperado, la magia de la liberación de una ansiedad cajoneada. A las 9 de la mañana en punto, en medio de una tormenta otoñal, esperaba a veinte minutos de la estación central una cátedra de Cultura y Civilización en Hispanoamérica, perteneciente a la carrera de Traductorado en Español.

El madrugón no sonaba tan polémico si se lo compara con la vida sedentaria, en medio de una experimentación que exigía ciertos esfuerzos respecto a la cantidad y distribución de las horas destinadas a dormir. No había excusas: el programa prometía. Es más, ese día iba a despertar en Utrecht. A callarse y a obedecer.

Por algún motivo la lluvia le daba al escenario de la ciudad cierta credibilidad acerca de mi destino aquella mañana. El transporte público también: el lenguaje corporal, la forma de vestir y de moverse en el autobús, todo daba la impresión de estar rodeado de estudiantes. Se notaba por su estilo agresivo de enfrentar la caída de agua desde el cielo. Había rastas, barbas desprolijas, vestuarios sutilmente particulares, mucho jean. No se veía mucha pulcritud de oficinista, quien debe cuidar su aspecto para la reunión matutina con el jefe o el encuentro a las pocas horas con un cliente.

El campus de la institución era una mezcla de la Ciudad Universitaria de Buenos Aires, por su tamaño y distribución de los edificios; una institución privada argentina por la estética de las fachadas, con sus grandes y trasparentes vidrios (interiores y exteriores); y un entorno tecnológico futurista, intuyo, para los estándares que se manejan en la mayor parte de Latinoamérica.

Me encontré con Sara en la entrada e ingresamos rápidamente al edificio. Nadie prestó atención al intruso ni había que pasar ninguna tarjeta por un sistema de seguridad. El acceso era tan libre como debería ser. Era muy extraño el nivel de tranquilidad que se respiraba, a pesar del número de estudiantes que iban de un lado al otro en busca de su clase. Nadie corría ni se desesperaba.

La profesora apareció unos minutos más tarde en la puerta del salón indicado. Sara, brasileña de 24 años casada con un estudiante holandés de similar edad, nos presentó en perfecto español, uno de los cuatro idiomas que maneja con fluidez (portugués, inglés y holandés los otros). La profesora, quien ya estaba al tanto del curioso que tendrían en la clase, me saludó también en perfecto español y hablamos dos o tres cosas de mi viaje, hasta que ingresamos al aula para dar inicio a la clase.

Esperaba un escenario intermedio entre una universidad pública y una privada del rango argentino, ideal para tratar de comportarme como un observador externo en un contexto no demasiado masivo. Al contrario de la expectativa, la sala era de un tamaño mediano, como para albergar un máximo de treinta o cuarenta alumnos, pero los asistentes iniciales no éramos más que cinco, incluyendo a la profesora. Luego llegarían dos o tres más.

Las herramientas que la profesora tenía eran impecables. Además del clásico pizarrón blanco, dispuesto a ser utilizado con las fibras especiales que son fáciles de borrar, tenía una computadora de última tecnología con conexión a Internet (de alta velocidad en serio) y un proyector que daba a una pantalla de unas cincuenta o sesenta pulgadas. Los alumnos en general llevaban algún tipo de dispositivo no muy grande, como una Tablet o una netbook, por lo que mi Toshiba desentonaba un poco. Por supuesto que el ingreso a Internet también era libre para los estudiantes en cualquier rincón del edificio, incluso durante la clase.

La asistencia, queda claro, no era obligatoria. Los alumnos decidían su propio ritmo vinculado a su metodología de estudio y aprendizaje. Tenían requerimientos a cumplir, pero en un esquema muy flexible. El soporte general al universitario, en especial el económico, es muy importante en Holanda. No solo es de acceso gratuito, sino que cada estudiante recibe 400 euros por mes para su manutención. No es suficiente, pero alcanza para un cuarto privado en departamento compartido (salvo en Amsterdam) y el supermercado del mes; los gustos personales, salidas y viajes pueden cubrirse con un sencillo part time de horario muy reducido.

La propuesta de la jornada era observar dos documentales, uno colombiano y otro boliviano, referentes a la educación en ambos países. Hacia el final de la clase, trabajarían brevemente en los avances que había hecho cada uno en sus trabajos finales.

Inmediatamente sugirió que, mientras se esperaba al resto de los alumnos (varios de los cuales nunca llegaron), podían aprovechar al invitado y que hablara un poco la actualidad de los medios de comunicación y el sistema educativo en Argentina, dos temas centrales para la cátedra. Aunque la sorpresa no fue menor, el extraño estado en el que me desenvuelvo durante las tres horas siguientes a un madrugón impidió que la vergüenza me abrumara.

El que avisa no traiciona dicen, y aclaré que explicar el sistema de medios en Argentina podría ser un tema un poco extenso de explicar. Anticipé, también, que el idioma español es muy distinto de país en país, por lo que haría un esfuerzo para expresarme en un español lo más neutro posible. Por último, que cualquier cosa que señalara a partir de ese momento no era ninguna verdad, sino mi personal y subjetiva visión.

Al referirme al tema, disparé que (casi) todos mienten, tanto los privados como el Estado. De una u otra manera, los periodistas y los consumidores de medios argentinos hoy se encuentran atrapados en medio de una laberíntica guerra burguesa entre las, a pesar de todo, sólidas estructuras de poder: la política y la económica (no con integrantes exclusivos, más bien como un gran grupo de miembros complejos, vinculados a ambos engranajes). Muchos, me animaría a decir la mayoría, toman partido desde posiciones ideológicas muy pragmáticas. Como sea, “la verdad” se ha relativizado al máximo, algo en principio positivo, aunque no lo es tanto en un contexto de devaluación de la honestidad intelectual y una escalada bélica en defensa de los intereses de quienes dominan el país. Además de la hipo-ideológica Ley de Medios.

El rostro de la profesora mostraba más y más sorpresa en la medida que mi monólogo avanzaba. Mientras tanto, creo que la mayoría de los alumnos no entendía demasiado. Al conocer el extraordinario nivel del español de Sara, mi expectativa era encontrar niveles de idioma relativamente similares. Resultó que ella estaba bastante más avanzada, en gran parte debido al extenso trabajo extracurricular, asistiendo a múltiples actividades no obligatorias, algunas de ellas ni siquiera relacionadas a la universidad, y su constante intriga por los intersticios y meta-sentidos del lenguaje.

¿Y cómo hacen para saber qué es lo que está pasando?”, interrumpió la profesora. La mayoría de la población, expliqué, ha tomado partido desde 2008. Desde aquel año, quien tiene realmente intenciones de saber qué está pasando debe consumir una importante variedad de medios, sopesar los potenciales intereses del periodista y del medio en lo referente a cada tema de actualidad nacional, y salpimentar con ingredientes e intuiciones propias. El resultado: cierta aproximación a una perspectiva relativamente compleja acerca de lo que las convenciones del idioma llaman realidad.

¿Entonces la gente lee y escucha a los medios asumiendo que quizá no digan la verdad?”. Pensé durante unos instantes. La respuesta no era sencilla, aun y cuando mis compañeros de conversación fueran hispanoparlantes nativos. Desconocía si estaría poniéndome en un lugar de discutir con la profesora. La relativización de la verdad, insistí, es un fenómeno que coopera con la proyección de un tipo de sociedad a la que un tipo de izquierda ayudaría a construir, sin aceptar bajo ninguna circunstancia el montaje de un emporio descentralizado de constante tergiversación de lo que está sucediendo. Un verdadero duelo del lejano oeste entre los poderosos por la repartija del manjar, mirando desde arriba a los perros que esperan las migajas. Ese no es el tipo de sociedad que un tipo de izquierda ayudaría a construir.

El objetivo de los generales de esta guerra es eliminar la “verdad” de unos y conformar un gran imperio de la “verdad” propia. Ninguno de los contendientes está interesado es potenciar el desarrollo del aparato crítico de cada uno de los ciudadanos y de la sociedad en su conjunto. Los mueve el interés burgués del dinero por el dinero y del poder por el poder.

Reviví a modo de ejemplo lo que sucedió con la toma de universidades y colegios secundarios en el segundo semestre de 2010, puntualizando primero en la cobertura mediática y el posicionamiento de cada lado de este duelo, para luego avanzar con la actualidad educativa de Argentina, otro de los temas que interesaban a la cátedra, especialmente a dicha jornada.

Repasé entonces la gran movilización que vienen llevando adelante los estudiantes de universidades y escuelas medias públicas, con las intermitencias e intensidades ciclotímicas propias de la energía política de este segmento de la sociedad. Pese a la mediocre (por decir lo menos) gestión estatal en materia educativa (a todos los niveles de gobierno), el reposicionamiento de la actividad política en este ámbito ha sido un saludable signo positivo de los últimos años. En Argentina siempre hubo un alto nivel de politización en entornos educativos. Es algo que hemos recuperado. El fenómeno de los centros estudiantiles con tanta capacidad de impacto es un muy extraño en otras partes del mundo.

¿Cuáles son los reclamos?”, preguntó la profesora. Me costaba responder cosas tan puntuales de forma corta. Tratar de describir los reclamos estudiantiles en forma de viñeta sería una profunda tergiversación de las ideas. Al mismo tiempo, ante cada pregunta, no dejaba de sentir cierta vergüenza por quitarles demasiado tiempo. Decidí pues describir el proceso de privatización de la educación, que comenzó con el neoliberalismo de los 90, tendencia nunca modificada, siquiera atenuada. Hoy esto se percibe con mucha claridad, por citar un ejemplo, con el incremento de los subsidios a las instituciones privadas, lo que retrasa las muy necesarias inversiones que casi no se realizan en el ámbito público. Brevemente mencioné también el extraño rol que cumplen las escuelas rurales en gran parte del país.

De alguna manera se habrá cerrado el diálogo, quien sabe, pero el menú continuó con el platillo principal: los documentales. La profesora abrió una presentación en el Power Point, buscó diapositiva por diapositiva, hasta encontrar un link a un sitio web que yo no conocía (luego lo encontraría en youtube). Allí estaba subido un documental realizado por estudiantes universitarios colombianos.

La profesora hizo hincapié en ese punto. “Esta es la versión de una de las partes en disputa”, puntualizó, mucho más al tanto de lo que suponía, a propósito de las fuertes discusiones sobre el rol de los medios de comunicación en gran parte del mundo occidental. Es un fenómeno especialmente fuerte en toda América (¿hace falta aclarar que hablo de todo el continente?), pero que no llega a una buena porción de Europa (a excepción de las capas más jóvenes).

El documental, de hecho, desarrollaba con vastedad la manipulación que generaban los medios de comunicación sobre la imagen del estudiante que participaba en política. Llegaron a recibir acusaciones públicas de formar parte de las FARC. Todo esto en un contexto de protestas por aumento de la matrícula y el reclamo por la creación de universidades públicas de calidad, entre otras consignas.

Según este documental, entre fines de los 90 y el 2009 35 estudiantes fueron asesinados. Esto sin contar a los muchos que sufrieron persecuciones, encarcelamientos sin justificación alguna y hasta “exilios” forzados dentro del país. Se podrán imaginar también los miles de heridos. No solo estudiantes, sino también profesores.

El fin del documental encontró a los observadores absolutamente sorprendidos de lo que habían visto, incluido al invitado latinoamericano. Por supuesto que al resto los agarró mucho más desprevenidos. No podían comprender que eso realmente hubiera sucedido.

Más incómodos aun quedaron cuando la profesora deslizó una comienza a disminuir el poco soporte a los estudiantes, ¿participarían de un movimiento político?”. “Es fácil desde acá, uno diría que si, pero estando allá… no”. “Mis padres no querrían que estuviera en riesgo de muerte”. “Hace poco hubo algunas protestas acá y no hubo mucha participación”.

Me preguntaron algo que yo respondí rápidamente. No era momento de hablar. Era momento de escuchar, de ver, de percibir. Era mi momento. Sinceramente, no esperaba una clase de calidad tan excepcional. Hay que pensar que, en principio, se trata de una clase que forma parte de los estudios de un futuro profesor de español. Un debate abierto acerca del rol del estudiante universitario como sujeto político dentro del ámbito educativo. Conozco más que unas cuantas universidades argentinas en las cuales esto no formaría parte de la discusión en clase de ninguna cátedra, de ninguna carrera. Conocer ese tipo de materiales, me diría luego la profesora, formaba parte del desarrollo del aparato crítico en los alumnos, fundamental no solo para su profesión, sino para aplicar la información adquirida en la elección de como desean vivir y convivir.

El impacto del lenguaje y la cultura aymara en Bolivia. Tampoco resultó trago sencillo para los presentes. La potencia de observar a una cultura defendiendo su supervivencia frente al inescrupuloso avance del sistema occidental, debe impactar en cualquier persona que sienta cierto apego a sus raíces. El documental incluyó el impacto educativo, especialmente tras la llegada al poder de Evo Morales; un poco de hip hop en idioma aymara, con una lírica agresiva en su defensa de la cultura; y algunas referencias al desguace que ocasionó el colonialismo europeo en Latinoamérica. Sobre este último tema la profesora agregó una explicación más extensa. Fue muy acertado dado el parcial desconocimiento que tenían los alumnos acerca de las atrocidades europeas hace no muchos siglos. No es tan común que alguien brinde información tan al margen de los intereses de su propio país. ¿O es que en realidad están muy confundidos los supuestos intereses de cada país?

¿Irían a Bolivia?”. La pregunta de la profesora no despertó demasiado el interés de los presentes, exceptuando a los latinos.

La clase continuó unos diez minutos más, en los que finalmente discutieron los avances en sus trabajos finales. Mientras, el intruso iba alternando entre la toma de apuntes y la observación. No habíamos alcanzado a superar las dos horas y media. Hubiese preferido unas cuatro horas. En parte era buena noticia. Un tren me llevaría de regreso a Amsterdam en un viaje de solo treinta minutos. Había un largo paseo por sus calles enfrente, previo a los eventos nocturnos.

NC

Utrecht, Holanda

Octubre de 2012

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