Infiltrado en la cultura popular alemana

* Publicado por Ficciones PPF

bremen_092El viento fue empujando para aquel lado, y llegué pues a las inmediaciones del Weserstadion, las magníficas instalaciones del equipo local, mientras el humo de las nostalgias aún no se había disipado. No existía posibilidad alguna de que pagara los 40 o 50 euros que, me habían señalado, costaban las entradas más baratas para observar al Weder Bremen contra el Stuttgart. Quería, no obstante, comprobarlo yo mismo. El estadio quedaba más o menos de paso por una ruta para caminar que había fabricado en la mañana y, en el peor de los casos, tendría la oportunidad de vivir la previa y conocer el sitio.

Estaba la referencia de aquella espontánea aventura en Budapest junto a compañeros de ruta, en la que fracasamos en el intento por ver un partido de Hungría y Holanda por las Eliminatorias del Mundial 2014, aunque disfrutamos de haber observado los matices culturales húngaros en un ambiente futbolero.

Las inmediaciones del estadio eran imaginables: puestos de comida y bebida, principalmente toda forma de preparar salchichas, y cerveza, claro está; sitios formales e informales de venta de merchandising del equipo local; mucho verde por todos lados, clásicos colores del Werder Bremen; un puñado de fanáticos merodeando la zona; y algunos vendedores callejeros de Beck´s en botellas de un tercio. Caminé lentamente, prestando atención a todo detalle, aunque el foco estaba en conocer los precios de los alimentos y buscar los sitios de venta de entradas.

Me acerqué a un tráiler y pregunté el precio del ticket más económico. “38 euros”, me respondieron. Lo mismo en uno más alejado. Me estaba por ir a tirar al pasto a observar un rato más de la previa, con la infaltable compañía de un currywurst (salchicha tostada, cortada en pequeños trozos circulares, adobada con kétchup y curry, más pan y papas fritas; la mayor delicia del fast food alemán), cuando vi una serie de ventanillas que pertenecían al mismo edificio del estadio. “Un último tiro no cuesta nada”, pensé.

Misma pregunta que las oportunidades anteriores, la chica me contestó que dependía de si quería presenciar el partido sentado o parado. Le hice un gesto que buscó trasmitirle que me daba lo mismo, mientras por mi cabeza pasaba que esa chica ni de casualidad imaginaba que realmente existía gente que elige por gusto apreciar un partido de fútbol de pie. “13 euros”, afirmó. “¿13 euros?”, interrogué emocionado. “Si”. Le hice gestos con la mano acompañado por un “one, three”, a lo que movió varias veces la cabeza norte-sur, con un rostro que denotaba que la situación le estaba divirtiendo. “Dame cinco minutos que lo pienso”.

Lo primero que se me vino a la cabeza mientras lo meditaba fue la cantidad de insultos que iba a recibir de mis amigos futboleros, en caso de no aprovechar la singular oportunidad de ver un buen partido de fútbol alemán por un precio adecuado. El entorno parecía mostrar no más que estímulos afirmativos. Pensarlo duró mucho menos que los cinco minutos solicitados y hasta creo que caminé rápido temiendo que –insólitamente- se hubieran terminado las entradas.

La chica que atendía me reconoció rápidamente y le pedí que me diera un ticket. Antes de imprimirlo me preguntó si era estudiante. Yo sabía que andar con el carnet encima de la Universidad de Palermo en forma permanente, iba a cobrar sentido en algún momento, siendo Europa un continente con múltiples apoyos económicos directos e indirectos a los universitarios. “Entonces son 9 euros”. Sonreí y dije algo que ya no recuerdo. Sí estoy seguro de haber sentido que la chica era merecedora de una propuesta matrimonial. Confirmé el horario y agradecí con sinceridad. Me quedaban casi tres horas hasta el partido, por lo que tendría tiempo de comer, continuar paladeando mis nostalgias, ir a esos muchos centímetros verdes de mapa llamado Burgerpark y pasar por el centro histórico.

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Las ideas suelen tener la mala costumbre de fungir, en ocasiones, como feroces perseguidores. Y hasta eligen aparecer en momentos inoportunos, o en que uno no desea, al menos conscientemente, regresar a ellas. Sin embargo, tienen un tono imperativo que imposibilita correrlas hacia un costado y dirigir los pensamientos a otros nortes. Mucho saben de hacerse las desentendidas en materia de brújulas y estados de ánimo deseados.

Cuando uno hace referencia a alguna de esas ideas, como el caso de la alienación, normalmente se interpreta como la adopción de una postura de juez de la sociedad. En algún punto puede haber un poco de razón, y en todo caso forma parte de la libertad de expresarse (y luego hacerse cargo de esa expresión, por supuesto). Aun así, cuando los planteos son honestos, el emisor siempre asume, explícita o tácitamente, que él mismo está incluido en dicho fenómeno social que describe la idea. No me imagino a los grandes escribiendo con una mano y con la otra levantando un índice acusador; veo más bien unos dedos rascando la propia cabeza y unos ojos preocupados.

Bueno, eso de avanzar en el paladeo de mis nostalgias fue una quimera que debí anticipar. Andar con la entrada en el bolsillo para un evento al que solo imaginaba asistir un par de horas antes, era un agente movilizador suficiente para alterar el foco. El fútbol, pues, capturó mis pensamientos como una primigenia minifalda primaveral lo hace con la atención masculina.

Mi vínculo con el deporte más popular del mundo ha sido zigzagueante y caótico. De fanático seguidor y socio de un club, a observador intenso pero con mucha mesura. ¿Qué pasó en el medio? Múltiples episodios que implicaron el sentimiento del peligro real dentro y fuera del estadio, reconocimiento de lo escandalosa que se ha transformado la intromisión mafiosa en el ámbito deportivo, movimiento del interés hacia otros aspectos de la vida (también otros deportes). Al fin, lo que tradicionalmente se conoce como pasión por el fútbol ya no era (es) una característica principal de mi persona.

Una esfera más fundamental que adicional está dada por el conflicto cosmogónico que me significa considerar al fútbol (y al deporte profesional en general) como uno de los principales fenómenos alienantes de la sociedad capitalista contemporánea. El sistema ha arruinado, o mejor dicho, ha diluido lo más genuino del espíritu deportivo. Lo ha pervertido. Lo ha transformado en un motor pornográfico capaz de mover montañas de consumismo.

Si uno analiza el rol de la competencia deportiva en civilizaciones antiguas, mucho más avanzadas que la actual en algunos aspectos (también más atrasadas en otro), verá que lo fundamental de estas actividades era el desarrollo de destrezas, habilidades y virtudes, en un marco de “ganadores y perdedores”, pero en el que la principal competencia de los deportistas era consigo mismo. Era la búsqueda de objetivos más elevados que el BMW y el gato de turno. No se trata de la forma en la cual nuestra sociedad entiende la competencia, sino en un sentido más nietzscheano, más alto, más ambiciosamente humano. El deporte en sí mismo, en su práctica profesional o amateur, cumple con las virtudes que hacen a un fenómeno cultural capaz de acercarnos a nuestros instintos.

El negocio del deporte profesional mueve dineros que superan el PBI de algunos países. Nada bueno puede hacerle eso al espíritu deportivo (y al mundo en general). Pero en el fondo, el que realmente cuenta con tal espíritu deportivo, en el momento de la verdad, no está allí por dinero, sino por un fuego que tiene adentro, una potencia que alcanzar. ¿Quedarán algunos de esta raza en extinción? Apuesto un par de mis fichas por el sí. Aunque creo que mis probabilidades de cerciorar mi apuesta mejorarían en una modesta cancha de fútbol cinco en Cracovia, la dura duela de un polideportivo de Brooklyn o en el invierno del Club Comunicaciones de Buenos Aires.

Es inevitable pensar el caso de España hoy, donde se utiliza el fútbol para esconder padecimientos sociales. Las victorias de la selección sirven para exaltar un patriotismo, que a uno le gustaría estuviera más dirigido a rechazar los salvatajes a los desastrosos bancos por miles de millones de euros, apadrinados por el dominio alemán, lo que encadenará al país por mucho tiempo. El triunfo deportivo nuclea multitudes con el potencial de unirse para salir a la calle con mucha mayor fuerza, a decirles a los que hoy gobiernan que no representan sus intereses.

Alguien podría contestarme, con cierto tino, que podrían darse ambas cosas, que no necesariamente se restan. Lo cierto es que el deporte, aunque no sea algo que forme parte de su esencia, es hoy manipulado por los dueños del sistema de manera de orientar a las masas a olvidarse de sus padecimientos. Es uno de los principales modos de mantener las condiciones materiales y simbólicas de dominación; de paso, produce dinero que queda en pocas manos, en muchos casos aportada por quienes menos tienen, de forma directa o indirecta. Son tumores de origen sistémico que se insertan para impedir un contexto de desarrollo de instintos superiores; estos tumores buscan causar un deterioro eficaz hasta producir un olvido de aquellos instintos. Todo esto en pos de conservar.

Siempre me pregunté si detrás de los mecanismos de alienación que crea el hombre existen causas que se desprenden del instinto de supervivencia del ser. Todas las sociedades y civilizaciones de la historia de la humanidad han creado un sistema de creencias, una valoración del bien y el mal, manifestaciones culturales, los cuales en algún punto implican un fenómeno alienante. Incluso en los casos que una práctica social busque provocar un alejamiento de los modos alienantes, todo consumo cultural implica algún tipo de alienación en sí mismo. Allí rige la debilidad de uno de los mayores aportes que ha dado Karl Marx al pensamiento humano, cuando se lo observa desde un punto antropológico y no ontológico.

Quizá el hombre nunca sea capaz de desprenderse del todo de tener algún tipo de alienación. Cualquier consumo cultural del hombre puede considerarse un método de alienación en tanto alejamiento del hombre de su propia naturaleza. Y eso es justamente lo que nos diferencia del resto de los animales. ¿No está en la naturaleza del hombre la capacidad de crear cultura? No cabe duda. Allí el desafío puede estar en producir y consumir fenómenos culturales que nos acerquen más a nuestros instintos. ¿El deporte, visto fuera de contexto, más allá de la polución capitalista, porta esta cualidad? Desde luego que sí.

La pasión por el fútbol, y el deporte en general, portan el gen de la cultura popular, un sello singular de cualquier civilización que ha existido en la historia, en este caso la sociedad occidental (y occidentalizada) contemporáneo. El asunto es que, como no podía ser de otra manera, el sistema actual siempre modifica y desnaturaliza lo que existe en la forma de tradición social y popular; de ser necesario, la elimina. Nunca lo deja ser, porque existe la posibilidad que, de repente, la gente vea que puede pensar y organizarse por sí misma. Y encima unirse. El sistema requiere un absoluto control de las reuniones de masas y, de ser posible, convertirlo en funcional a sus propios intereses. Así se sostiene el capitalismo.

La entrada en el bolsillo deja en claro que, más allá de estas líneas, uno no puede olvidar su lugar en el engranaje que aquí se describe, explicita y critica. Sin embargo, ¿usted se sigue preguntando qué es el capitalismo? Vea el modo en que el espíritu naturalmente elevado del deporte es manipulado, tergiversado y, en caso de ser necesario, suprimido.

(¿Será que la virtud contemporánea consista en desarrollar la capacidad de disfrutar de distintos tipos de expresiones humanas, al margen de lo que el sistema haga con ellas?)

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Ay Burguerpark, vos esperabas las nostalgias y yo te llevé unos cuantos dilemas universitarios. Y me tuve que ir, porque se hacía tarde y antes de ir a la cancha tenía que comer algo, comprar unas cervezas y sacarle una foto a la estatua de Los cuatro músicos de Bremen. Mi hermana no lo hubiese perdonado.

Cuando uno se acostumbra a vagabundear sin horarios, las citas se transforman en un fastidio. Alterar el sentido del ir hacia un sitio por dar un paseo a velocidad crucero hace adictivo (aunque haya dirección clara), más si se está disfrutando la legalidad de darse placer en la vía pública con esa maravillosa bebida inventada por pueblos antiguos hace 5.000 años (y perfeccionada hace unos cinco o seis siglos en la región de Baviera). Desafortunadamente, las piernas debieron moverse a un ritmo que implicó cierto derrame de aquella miel hecha a base de cebada fermentada.

Los alrededores del estadio contaban con una multitud en relativo orden a pesar de un nivel de ebriedad relativamente generalizado, una cantidad de policía perturbadora e innecesaria, y tres o cuatro de mendigos recogiendo botellines de cerveza vacíos en carros de supermercado. En parte gracias a la divulgación del inglés a lo largo y a lo ancho de la pirámide social alemana, no tardé demasiado en encontrar la puerta y el sector asignados a mi entrada.

Los equipos ya habían ingresado al campo y el partido comenzó con puntualidad alemana. Un par de veces me distraje observando la belleza del estadio y los movimientos de la gente. Sin embargo, el encuentro era entretenido aun sin muchas llegadas, gracias a que los dos equipos trataban con cariño el balón. Ver un número seis acariciando un pase a un compañero y la búsqueda constante del juego colectivo se ha convertido en un lujo en el fútbol moderno.

Entre tanto, el ambiente fue sorprendiendo con el sonido de algunos bombos, unas cuantas banderas de palo y la cantidad de gente que saltaba y cantaba cuando el equipo local iba a ejecutar un tiro de esquina. Los más activos se ubicaban en el centro, mientras los bebedores incansables, los acaramelados tórtolos y algunos más optamos por las esquinas de las gradas sin asientos. No había mucho espacio, por lo que unos cuantos veinteañeros, vestidos con campera negra y roja que indicaba que eran los encargados de la seguridad del espectáculo, hacían esfuerzos enérgicos y poco corteses para liberar los pasillos. Todo tenía un cierto parecido a casa, salvo porque los tipos que se dedicaban a arengar de espaldas al espectáculo solo eran cuatro y utilizaban megáfonos para persuadir al resto. Además, los aplausos sonaban más amables que pasionales y la voz del estadio era un poco más entrometida al estilo yankee pero alemanizado.

Un cabezazo de uno de los de verde se fue muy cerca del travesaño y me encontré con las dos manos sujetando mi cabeza. Y al ratito llegó el gol, que por supuesto gritamos con ganas. Y después el segundo. Ahí tuve que cambiar de ubicación, porque la cantidad de empujones dados por uno de los jetones de campera roja sobrepasó mi nivel de tolerancia. La hinchada estaba extasiada por un partido parejo que de repente pintaba para danza, por lo que me quedé donde el bombo sonaba fuerte. Para mi incredulidad, los que marcaban la base musical eran unos enérgicos sesentones.

Aproveché el entretiempo para recorrer un poco el estadio, mucho más parecido uno de football americano de Estados Unidos (modelo shopping), que a la bella y folklórica austeridad argentina. La gente hacia interminables filas en los puestos de comida rápida. También descubrí a unos tipos influenciados por Duffman, que recargaban los tarros de cerveza, con un tanquecito en la espalda, y a través de una pequeña manguera.

El segundo tiempo empezó con el Bremen más atrás y el Stuttgart yendo a buscar el resultado. A los cinco minutos descontaron. Aun así, el partido continuó desarrollándose de modo que la intranquilidad local estaba más dada por la cercanía en el resultado que otra cosa, porque las mejores opciones las siguió teniendo el Bremen de contraataque. Una y otra vez se desperdiciaron oportunidades. La expulsión de un jugador no mejoraba las posibilidades de los visitantes. Bajo circunstancias intrascendentes, el primer marcador central de los verdes regaló un córner. Y así fue como, faltando diez minutos y tras una serie de rebotes, Stuttgart niveló el encuentro.

Ninguno de los dos equipos tenía energía suficiente como para buscar con intensidad la alteración del marcador, por lo que eso fue todo. El final del encuentro significó un aplauso generalizado pese a la dinámica que tuvo el partido: un empate con sabor a derrota del Bremen. El único tipo en todo el estadio que recibió muestras de hostilidad fue el árbitro. Los locales estaban enfurecidos, como muchas veces sucede, por un par de errores intrascendentes cuando el partido se puso feo para el Bremen.

La aglomeración de gente impidió una salida del estadio agradable, hasta que pasé un par de cuadras. Otro parecido a casa. El resto de los cinco o seis kilómetros que me separaban del hostel fueron caminados con tranquilidad, disfrutando de la noche otoñal al lado del río, y saboreando el suceso de otro día motorizado por los extraños designios de la improvisación.

NC

Bremen, Alemania

Septiembre de 2012

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