El rebelde ruso

* Publicado por Ficciones PPF

Sentado en la mesada de una esquina de la cocina, donde la estructura parece dispuesta como la barra de un bar, y en medio de una improvisada ronda tipo fogón, puntea los primeros acordes de un tema de Led Zeppelin. Su aspecto es más bien juvenil. De cabello rubio desordenado, ojos pequeños y unas cuantas pecas, viste todos los días un jean negro pegado al cuerpo, zapatillas de lona, un buzo gris que esconde una vieja remera del Che Guevara y una bufanda muy colorida. No obstante su apariencia, es imposible adivinar que solo tiene 18 años, debido al modo de enfrentar la vida que evidencia su expresión corporal. Se mueve con una desfachatada confianza y abre conversaciones con cierta facilidad.

Le hago una seña elogiando el sonido que produjo y le pregunto si se sabe toda la canción. Mueve la cabeza hacia ambos lados con una media sonrisa en el rostro y me consulta si estoy ocupado. Desea invitarme a escuchar una canción rusa que me prometió el día anterior. No me animo a decirle que la imagen de unos segundos atrás acaba de sugerirme que su historia merece ser contada. Con una seña le pido que me espere un minuto. Al terminar un par de líneas, me acerco a disfrutar el convite. Parece una canción alegre, no solo por la melodía que ofrece la guitarra, sino también por la compañía de una armónica de un empleado del hostel que está justo a su lado. Entrecierra un poco los ojos al cantar, a la manera de quien siente adentro suyo la expresión del arte de la música. En ese momento es un tipo pleno, que no necesita más que ese pedazo de madera con cuerdas atravesadas y un hoyo redondo en el medio.

Aquel punteo me distrajo de la escritura de alguna cosa, para empezar una nueva. No lo reproché, porque aquel era un suceso más del viaje. En el clímax de la canción rusa, cerré los ojos por unos instantes y retorné al concepto de lo ridículo que resulta que, a veces, uno no tiene que hacer nada más que sostener los sentidos abiertos para toparse con nuevas experiencias. Incluso sentado en un rincón de un hostel, concentrado en lo que sea que uno haga con la computadora, las situaciones ocurren. Ni siquiera hay que estar atento; alcanza con mantener una pequeña porción del espíritu permeable a lo inesperado.

Los vínculos en escenarios neutros en general suceden por intuición. Ninguno de los dos era en esos días un turista en San Petersburgo, algo de fácil interpretación. Ambos pasábamos mucho tiempo en el hostel; portábamos un estado de ánimo que denotaba la propiedad a algunas historias que contar; mostrábamos una apertura fuera de contexto, al ser de natural “buenos días” y “buenas noches”, algo no muy común en este tipo de ambientes en Rusia.

Los pequeños diálogos se tornaron inevitables, especialmente porque el cigarrillo hacía que nos topemos a menudo en la puerta el hostel. Las primeras palabras fueron más bien tímidas y vergonzosas, un poco por necesidad inconsciente de crear confianza con paciencia y otro tanto porque no nos animábamos a hablar de lo que realmente nos importaba en ese momento. Había incluso cierta torpeza en la interlocución. Es posible que los inconvenientes idiomáticos también influyeran; su inglés era esforzado, como el de cualquier ruso que no porta más que el insuficiente conocimiento aprendido en la escuela (de nivel similar al de los colegios argentinos). Sin embargo, la volición no sabe de impedimentos tan vulgares.

A los dos o tres días, y sin proponérmelo, vomité las razones de mi nueva estadía en San Petersburgo, a él y a una empleada del hostel. Todo surgió cuando ella me preguntó en la zona de fumadores “¿Por qué no sales a caminar, a ver algo?”. Les dije mi historia sin guardarme nada, por sincera convicción y también para derribar cualquier temor ellos tuvieran de estar interactuando con un loco. Después de todo, no es común cruzarse a un tipo que está a 13.000 kilómetros de su hogar y pasa sus horas con la mirada triste frente a una computadora, en el sitio donde solo debería dormir y comer.

Este hecho, y algunas buenas noticias posteriores, redefinieron mi vínculo con el rebelde ruso. Se quebró una barrera y los diálogos comenzaron a deslizarse por la tubería que dirige a las profundidades. Entonces me animé y le pregunté su historia. Mientras elaboraba la respuesta, más por elegir con precisión las palabras en inglés que por utilizar la razón para esconder alguna cosa, empezó a fumar con mayor ansiedad de lo que usualmente lo hacía, casi sin dejar espacio entre calada y calada para echar el humo. Llevaba rato queriendo decirle que ese modo de pitar podía hacerle daño. “Es que empecé fumando marihuana y me acostumbré a hacerlo de esta manera”, respondió. Tuve ganas de expresarle lo peligroso que es comenzar ese tipo de experimentaciones a tan temprana edad, pero me callé. Ni era adecuado ni yo estaba interesado en fungir ningún rol de padre o de hermano mayor.

El silencio lo empujó a retomar mi pregunta. Sus ojos se volvieron más pequeños, lo que aniñaba aun más su rostro, y se largó. Así me enteré que hacía dos meses había escapado de su casa en Moscú. No quería ir al servicio militar ni estudiar la carrera que el padre quería para él. Sentía que no era hacia donde deseaba orientar su vida. Y no es que supiera cuál era su rumbo. Simplemente detectó que el mejor movimiento en pos de encontrarse a sí mismo era partir del hogar.

Aunque las únicas preguntas adicionales que se me ocurrían portaban el tinte de un reproche patriarcal, las hice de todos modos. Busqué el modo adecuado para que no percibiera equívocamente que lo estaba juzgando, como lo haría alguien espantado por las decisiones poco convencionales que tomó un pibe de 18 años. Tras varios meses de estar viajando, no iba a dejarme censurar por los temores a las dificultades que presentan las barreras culturales, que en ciertos casos son imaginarias.

Me dijo, pues, que se comunicaba con los padres una vez por semana. Por lo que entendí, ellos no estaban demasiado preocupados o enojados. Para obtener algo de dinero, estaba repartiendo volantes cuatro horas por día. Era evidente que no tenía suficiente, ya que solo lo había visto comer una pasta barata sin salsa y algunos intermitentes puñados de cereal que había en el hostel para el desayuno. La mezcla de identificación espiritual, culpa burguesa que requería expiar, un inconsciente impulso de devolver generosidades recibidas y por recibir, y la necesidad de brindarle algún pequeño apoyo material a su valentía, hizo que lo invitara a compartir un almuerzo conmigo que yo cocinaría al otro día. “Hacía más de un mes que no comía carne”, me diría en medio del almuerzo cuando probó los fideos con crema, pollo, champiñones y cebolla.

Durante el resto de mi segunda estadía en San Petersburgo intenté diseñar el consejo perfecto, despojado de cualquier contaminación típica de aquel que cree que se las sabe todas. Sentía una extraña identificación, como si me viera a mi mismo (unos años más joven) en algunos de sus conflictos existenciales. Nuevamente estaba el riesgo de sonar a padre o hermano mayor. Tampoco quería tatuarle mis transitorias convicciones o pintarle los detalles de algunos posibles caminos. El objetivo era obsequiarle algo de lo más genuino de mi cosmogonía; entregarle una inspiración como él, sin darse cuenta, había hecho conmigo.

Horas antes de irme, se acercó y me dio una biblia ortodoxa rusa. No llegamos en nuestras conversaciones a la religión, por lo que no me animé en ese momento a reconocer mi ateísmo. Podía tomarlo como un rechazo a su generosidad. Y, debido a su acotación, lo más probable es que no fuera un plan encubierto para evangelizarme. “Cuando aprendas ruso, te va a servir para practicar, y de paso te ayudará a comprender nuestra cultura”.

Mientras fumábamos el último cigarrillo, disparé lo más adecuado que se me ocurrió, aunque repasándolo, podría formar parte de un trillado film hollywoodense. “Pase lo que pase, nunca te rindas”. Mientras termino de escribir estas líneas, pienso que no fue solo algo que le dije a él, sino también al espejo. O quizá no se trató más que de un modo de poner en palabras el estímulo que su mera existencia produjo en mí.

NC

San Petersburgo, Rusia

Septiembre de 2012

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