Último tango en Munich

* Publicado por Ficciones PPF

munich_029Decidí esperar una canción más antes de salir a buscar ya con algo de apuro un lugar para imprimir el ticket de tren. Y entonces sucedió una de esas experiencias que me hacen repensar mi idea de la inexistencia del destino. O quizá lo contrario. ¿Es posible que tal multitud de casualidades estuvieran escritas? No ha nacido todavía un literato con esa capacidad. Tampoco creo que vaya a nacer.

Sería una falta de consideración detallar aquí todas las casualidades que confluyeron en el singular y remoto suceso: un argentino de 26 años, con solo cuatro horas para caminar bajo el cielo gris de Munich, percibe a lo lejos el trascendental y afilado sonido de su instrumento preferido, y decide seguirlo hasta encontrarlo, pese a que el tiempo no sobraba. A izquierda y derecha se sucedían estímulos arquitectónicos del área antigua de una de las ciudades más importantes de Alemania, pero mi espíritu no resistía la llamada del violín y se dirigía en estado de semi-consciencia, como una reedición menos cruel de la fábula de aquel flautista de Hamelín, que encontraron y difundieron los Hermanos Grimm.

No, no hace falta apuntar todas las casualidades; su imaginación y su pericia pueden hacer el trabajo, y ambos nos ahorraremos bastante tiempo, que si está leyendo esto probablemente no le sobre.

Un poco escondidas en una esquina bajo techo, con la puerta de lo que parecía ser un banco como telón de fondo, y ante una veintena de transeúntes curiosos, dos rubias y una morocha de rasgos alemanes masajeaban dos violines y un chelo en plena vía pública, con el talento de quien merecería un contexto y una acústica más apropiados, y la generosidad característica del artista callejero que a uno le hace sentir eterno agradecimiento hacia esos espíritus liberadores e infinito odio a las condiciones materiales de la existencia capitalista.

Interpretaban en ese instante un movimiento de Beethoven que no distinguí con exactitud cuál era, y no atiné más que a quedarme parado donde frené, con la mochilera aun sobre los hombros. Si bien no tengo los conocimientos musicales suficientes para determinar cuan bien lo estaban haciendo, tampoco cuento con elemento alguno para afirmar lo contrario. En cualquier caso, la música atrapaba y así lo confirmaba el constante incremento de oyentes que frenaban ante el estímulo sonoro.

Terminó la canción y el público aplaudió con cierto entusiasmo. Yo hice lo propio y decidí acomodarme. Retrocedí tres o cuatro metros, me quité la mochilera y apoyé mi espalda contra una columna. Entretanto, las artistas iniciaron otra pieza que no conocía (o no recordaba), también de música clásica. Y luego otra.

No quería mirar el reloj, como una suerte de mecanismo de autodefensa: no deseaba irme de ese sitio, de ese momento. No podía perder ese tren, no solo por lo costoso que es viajar dentro de Alemania, sino porque tenía reservado y pagado un complejo itinerario de pasajes que me regresarían a San Petersburgo, vía Frankfurt y Tallin. Sin embargo, no podía perderme lo que allí estaba sucediendo. Era algo grande, importante. Se sentía y se percibía. Bueno, me dije, una canción más. Bendita decisión.

La violinista principal hizo un par de movimientos cortos. Reconocí al instante lo que sonaba y algo en mi se quebró. Los ojos se llenaron rápidamente y las imágenes empezaron a superponerse a gran velocidad, generando un blanco, o un negro. No existe en mi memoria recuerdo alguno de ese instante más que el sonido de los instrumentos. Como si hubiera dejado de existir y en esos segundos o minutos no fuera ni cuerpo ni razón ni nada, solo música. No existía el tiempo ni el espacio, contradiciendo a los adoradores de diversos principios de causalidad. Los violines y el chelo me atravesaron como tres sables bien afilados. O más bien me cooptaron, me engulleron y me hicieron parte de su esencia. Una metafórica simbiosis más real que los colores del otoño.

En medio de la interpretación de algunas piezas de la más trascendente obra de la música clásica europea se colaba un tango de los años 30, quizá el fenómeno cultural argentino más importante de nuestra historia, y que tan pronto nuestro país supo, quizá no olvidar, pero si guardar en el cajón de los cubiertos viejos, que algunos sugieren ya no sirven para servir al espíritu una porción de magia.

Tango. Por una cabeza. En una esquina perdida del centro de Munich, la música argentina atrapaba la mirada de lo que ya era una pequeña multitud para un espectáculo callejero de un día laborable a las seis y tanto de la tarde, horario en que los cuerpos y las mentes no buscan más que despejar el cansancio y el tedio que produce la maquinaria capitalista.

Hasta cierto punto es surrealista que un país con solo 200 años de historia haya inventado un género musical de transcendencia mundial. Es posible que solo Jorge Luis Borges sea comparable al fenómeno del tango, en términos de alcance global y trascendencia estética. Es muy difícil asimilar como un escritor de ese joven país, ubicado allá profundo en Sudamérica, haya obsesionado a dos de los más importantes del siglo XX como Michel Foucault y Jacques Derrida. Del mismo modo, ¿cómo no sentir un genuino orgullo cultural cuando tres alemanas talentosas en el arte de hacer vibrar un puñado de cuerdas colocan en la misma oración a Ludwig van Beethoven y Carlos Gardel?

Desde una perspectiva histórica más global, este es un pensamiento eurocentrista del cual me cuesta escapar. No hay que olvidar que en América hubo una ocupación, no muy pacífica por cierto. Los habitantes de estas tierras fueron obligados a adoptar la cultura europea por medio de la cruz y la espada. Sin embargo, si vemos este fenómeno desde la coyuntura, Argentina es un país muy nuevo como parte de la cultura occidental. De este modo, caer en la cuenta que un pedacito nuestro se ha insertado en culturas con milenios de historia, hace que sea imposible que, al escuchar un tango, no haya alguna energía adentro de nuestro cuerpo que nos recuerde el orgullo de ser argentinos.

Como al descubrir aquel sesentón rumano interpretando tangos con un viejo saxofón en el Parque del Retiro de Madrid. Como en todo momento que uno se presenta como argentino ante algún anónimo, palabras suficientes para que sus ojos se abran, en una mezcla de sorpresa y curiosidad. Como aquel cónsul argentino que Osvaldo Soriano ubicó en un ignoto país africano y lo hizo salir al grito de “Argentina, ¡carajo!” al enterarse de las hostilidades malvinenses.

Nuestro aire nostálgico, nuestro romanticismo no tradicional que inspiró lo sabinesco, nuestro río de pasiones que a veces desemboca en un mar espeso en pesimismo, nuestra facilidad de risa sobre lo que somos, la belleza contradictoria de nuestros ídolos populares, la raíz de una insólita capacidad creativa, el maravilloso resultado de un exquisito caldo preparado de multitud de razas. Allí encontrarán, en el tango, las razones por las cuales, a pesar de todo, nuestro espíritu se inquieta cuando decimos “soy argentino”.

El patriotismo no suele formar parte del perfil típico del viajero. Ha sido la excusa que ha generado hostilidades, guerras, odios; en fin, fronteras geográficas y simbólicas, que son exactamente lo contrario al instinto nómade y al sentimiento hogareño en cualquier sitio del mundo. ¿Cómo explicar entonces el orgullo por la propia tierra? ¿Será el eterno retorno (otra vez) la explicación?

En medio de la explosión de energías, intuyo que se coló la potencia de aquellos veinteañeros que llevan algunos años reviviendo y redefiniendo la magia tanguera. Ellos encontraron allí, en el tango, un puñado de frases y sentimientos que aun vale la pena expresar; hallaron en Gardel, Piazzolla y algunos más una explicación del ser argentino, explicación que nosotros mismos nos habíamos encargado de esconder en un polvoriento rincón del olvido. Mi emoción en una esquina perdida de Munich fue un tácito homenaje (también un agradecimiento) a todo aquel que forma con espontaneidad un foco de resistencia para gritar que el tango no murió.

Estas líneas no son más que breves ficciones posteriores, porque lo cierto es que no tuve consciencia alguna de existencia durante esos instantes. Cuando recobré por fin los sentidos y la percepción, me hallé rodeado de alemanes, con lágrimas moviéndose suavemente en ambas mejillas, y el primer estribillo de la obra maestra de Carlos Gardel, en una interpretación libre y afilada a partir de dos violines y un violonchelo. Disfruté el resto de la pieza en silencio, con algo de incredulidad acerca del momento vivido.

Tras los últimos sonidos que obsequió el violín, dejé unas monedas y me retiré con la mente y el espíritu convulsionados, una disrupción en el estado de ánimo y una nueva convicción. La siguiente oportunidad en que alguien me preguntara cómo es Argentina, qué tipo de gente vive allí, cuál es nuestra historia, qué características tiene nuestra cultura, le diría que la forma más adecuada, interesante, conmovedora y certera de comprenderlo, es a través del tango.

NC

Munich, Alemania

Septiembre de 2012

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s