Diálogo político en un ruin bar húngaro

* Publicado por Ficciones PPF

12-budapest_045Eran las 5 de la mañana y me encontraba en un bar de Budapest, bebiendo la última cerveza y con escasas posibilidades de concretar un intercambio cultural con el sexo femenino. La barra siempre es un buen sitio cuando se prefiere disfrutar de un trago en silencio y, al mismo tiempo, dejar librado al azar la posibilidad de alguna conversación espontánea.

A mi lado estaba sentado un tipo con una botellita de Coca Cola, bebiéndola en pajita, y vestido de un modo un tanto extraño para el ambiente: ojotas, bermuda y una camiseta sin mangas naranja que la mayoría de la gente con suerte usaría para dormir. Usaba barba de algunos días y el casi total blanco de su pelo, tanto en el rostro como en la cabeza, le daban un aire de unos sesenta años. Su aspecto general indicaba que no fue aquella la bebida elegida a lo largo de toda la noche.

Me pidió fuego en un idioma que no entendí y sin hacerme señas, por lo que le pedí si podía repetir la frase en inglés. En general descarto la opción de que hable en mi idioma, más cuando uno está tan lejos de países donde el español es la lengua madre. En realidad es una suposición errónea, ya que particularmente en Hungría existe mucha gente que habla un poco de español. Hoy en día es bastante común encontrarse anónimos que hablan tres o cuatro idiomas con fluidez.

Me preguntó por mi país de origen e inmediatamente se sintió interesado. “Estuve por casi todos los países de Europa pero nunca en Sudamérica”. Por la forma en que lo expresó, no parecía una avidez por saber solo surgida de un sentimiento de amabilidad. “¿Tienen un buen gobierno en Argentina?”. La pregunta estaba fuera de contexto para el ambiente; la mayoría de la gente estaba de fiesta. Quien sabe, el tipo quizá notó que yo podía abstraerme y tener una conversación que, bajo aquellas circunstancias, sería ridícula para el habitante estándar de ese sitio.

Tomé aire y medité unos segundos sosteniendo mi mirada en el vacío. No era la primera vez durante el viaje que recibía esta pregunta. Tal vez no con las mismas palabras, pero lo cierto es que las personas interesadas en política sacan el tema con rapidez, sobre todo cuando conocen a alguien de un país tan lejano. En todos los casos siempre aclaro que es muy largo y complicado de explicar, principalmente como una suerte de advertencia en caso que no esté tan interesado en el tema. No vaya a ser cosa que ambos terminemos malgastando nuestro tiempo La respuesta, y más dicha en inglés, me implicaba un esfuerzo especial. Tiene que valer la pena para el otro, para que valga la pena para mí. La cuestión pasa también por la sapiencia que uno pueda conseguir para dejar en claro su punto de vista, sin resumir demasiado pero sin tampoco perderse en detalles que el otro no pueda comprender. ¿Cómo hacer una referencia rápida sobre peronismo a, en este caso, un finlandés? Es imposible.

Además, en gran parte del viaje me he sentido atraído por la posibilidad de escuchar más y hablar menos, no por un acto de egoísmo, sino porque mi avidez espiritual está más orientada a incorporar conocimiento en lugar divulgarlo (si es que tuviera algo para divulgar). Mi comodidad hoy pasa más por tomar un rol de cooperador en la fluidez del diálogo y no en ser el principal protagonista. De cualquier manera, el enriquecimiento del espíritu en una conversación surge cuando ambas personas reconocen con sapiencia y oportunismo los momentos para los turnos pasivos y activos. Por supuesto que no es algo que se consiga con facilidad.

No es un pésimo gobierno, especialmente si lo comparo con los que hemos tenido antes, pero hace más de nueve años que están en el Gobierno y los cambios que han hecho en general son superficiales. Coincido con algunas decisiones puntuales, pero la implementación de algunos proyectos ha sido nefasta y la administración en general ha dejado de lado las grandes transformaciones. La brecha entre ricos y pobres no se ha achicado. Los ricos se siguen haciendo más ricos, incluidos los que hoy nos gobiernan, y los pobres se siguen haciendo más pobres. No puedo calificar como un buen Gobierno a un grupo de personas que por nueve años ha tenido el poder suficiente para hacer grandes transformaciones y no las ha hecho. Y lo peor es su perversidad para mentir descaradamente diciendo exactamente lo contrario, aun en aquello que está a la vista. Estos y otros aspectos, aun teniendo en cuenta algunas decisiones puntuales positivas, los convierte en un gobierno conservador. El statu quo no se ha modificado en nada. De cualquier manera, hay que reconocer que hucha gente coincide con este proyecto político. No por nada sacaron el 54% de los votos hace un año. Eso hay que respetarlo. De cualquier manera, tenga en cuenta que soy un tipo de izquierda, con lo cual mi punto de vista parte desde ese lugar y el diagnóstico que pueda hacer sobre un proceso político siempre partirá desde mi posición ideológica”.

Hizo un gesto de agradecimiento por la generosa descripción. Alteró su expresión como si estuviera elaborando una respuesta a mi corto monólogo y reflexionó sobre el parecido de la situación con lo que sucede en otros lugares del mundo. “Mucha corrupción, ¿no?”. Asentí. “Mismo problema acá en Hungría”, respondió con un dejo de decepción. “Probablemente es producto de lo joven que es la democracia moderna en ambos países”. Confirmó mi acotación y se largó con un breve pero jugoso lineamiento de los trazos gruesos -conceptuales, estructurales- de lo que la sociedad húngara vivió en décadas recientes, parte de lo cual bien podría haber servido para describir el mismo período en Argentina.

Sistemas democráticos débiles, autoritarismos, estados policíacos, ampliación exagerada de la brecha entre ricos y pobres a partir de los años noventa, demagogia política poco decodificada, deudas eternas impuestas por el capitalismo en materia de salud y educación, padecimiento de la existencia de países ricos y dominantes y países pobres y dominados; solo por mencionar algunos.

Los diálogos potentes solo se producen si existe una coincidencia sobre ciertos puntos básicos. Por ejemplo, sería imposible para mí llevar a cabo un intercambio productivo con alguien que no considere como un gran problema del mundo la imposibilidad de mucha gente de desarrollar un genuino aparato crítico individual. El simple hecho de que un punto tan importante sea pasible de una larga discusión haría imposible avanzar en profundidad, sin importar que el otro sea de derecha o de izquierda, creyente o ateo, etc. O mejor aun, ¿cómo discutir con alguien que defienda con demasiado entusiasmo, cualquiera sea, una posición exageradamente dominante en el mundo? Nos encontraremos pues en un agujero demasiado profundo del cual salir, para alcanzar una situación de posibilidad que permita llevar adelante un diálogo verdaderamente rico en profundidad. Si bien es algo que se va construyendo lentamente durante el diálogo, hay momentos bisagra en los que se define si existe un marco adecuado o no.

Últimamente, cuando empiezo a sospechar que ese fenómeno está sucediendo, me termino haciendo la pregunta de si sería una buena alternativa solicitar a la otra personar grabar las conversaciones. Es muy difícil que la otra persona no se sienta al menos levemente intimidada con la posibilidad de que sus palabras pasen a formar parte de un texto escrito por un extraño o que, simple y sencillamente, otro va a relatar sus propias consideraciones. Cualquier leve influencia que se genere llevaría a expresiones menos genuinas.

Lo cierto es que en mi caso sería particularmente productivo, sobre todo por el riesgo que existe de trasmitir algo que dijo la otra persona de manera incorrecta, en caso de no contar con una grabación exacta. A veces solicito a mi interlocutor espacios de silencio en medio del diálogo para tomar notas y en general no modifica el comportamiento del otro. Solo me miran con un poco de curiosidad. Sin embargo, el grabador tiene una presencia demasiado fuerte…

Y una cuestión adicional: hay un punto en el que puede tornarse una obsesión y entonces solo viva para registrar lo sucedido, olvidando la experimentación del diálogo, que es lo más importante. A veces sucede cuando pido interrupciones para tomar notas. Vivir solo para trasmitir es vivir pensando en el futuro y en los demás; así se pierde el presente y la alimentación individual. Mantener esto en equilibrio es de una complejidad que se comprueba constantemente.

¡A la mierda con todo eso! Todas estas líneas llevan mi firma y en general mantengo anónimos a mis interlocutores, así que usted lector puede tomar todo esto como una extensión de mis propias palabras, una interpretación o representación de lo que alguien dijo alguna vez y no más que eso.

Hombre de negocios que había dedicado su vida a las exportaciones, me sorprende de pronto al decir que escribe columnas sobre política y economía para un pequeño medio de Finlandia. “Tengo que entregar una en tres horas y todavía no escribí ni la mitad”. Sonreí por identificación. “El director es un amigo mío. Le gusta lo que escribo, dice que lo hago con una libertad muy natural. Me propuso escribir todos los días. Le dije que no, porque en ese caso tendría que seguir la línea editorial, lo que me llevaría a perder esa libertad y, por lo tanto, la calidad de lo que escribo”. Su inglés era esforzado pero claro. Se notaba la falta de práctica en su escasa fluidez. Sin embargo, la necesidad de comunicarse lo llevaba a doblegar los inconvenientes y avanzar en su exposición.

En un breve instante de silencio moví mi cabeza alrededor para confirmar el entorno. Si, las apariencias indicaban que éramos los únicos desconectados del ambiente festivo. Me hizo acordar por unos momentos a mis amigos y las posibles bromas que harían. “Es muy Calvo”. Reí un poco por dentro, hasta que mi interlocutor interrumpió mis vaivenes internos y retomó donde quedó un tema que ya no recuerdo.

¡Y llegamos a la Unión Soviética! Inevitable si se habla de política en Europa del Este. Aquí no hubo sorpresas. Críticas, muchas. Anécdotas tétricas, también. Persecución política, estado policial, ocupaciones. Elijan, hay de todo. Eso si, no había quien sufriera hambre. Un techo y un trabajo, todos lo tenían. Contradicciones, muchas. Niños pidiendo monedas en la calle, ni uno.

Compartimos la repulsión por como el capitalismo destruyó en cinco minutos algunos cambios interesantes que había dejado el proceso soviético. Los ricos y las injusticias volvieron en lo que dura un chasquido de dedos. Aun recuerdo su decepcionada expresión al decir “para que quieren tanto dinero… hay algunos tan ricos que les llevaría varias vidas gastar tantos millones”. Individualizó un caso en el gran dueño de los medios en Finlandia. Si, allí también existe concentración mediática. “La triste vida de los ricos”, una línea que podría haber sido el título del libro de un poeta de izquierda.

El problema es que la Unión Soviética se ocupó de transformar la estructura, pero para ello construyó una tiranía. Salvo en algunos aspectos, como en educación y salud, se olvidó de la superestructura. Quedaron en el camino muchas de las convicciones con las que comenzó el proceso revolucionario. Podemos discutir cual es el punto de partida de la transformación; no en la importancia que tienen tanto la estructura como la superestructura”. Coincidió a grandes rasgos con mi pronunciación y apuntó algunos ejemplos adicionales, aquellos que solo conoce el que vivió la historia, y que sin embargo mi mente se ocupó de borrar. (Creo que es momento de volver a rediscutir lo del grabador)

Gran parte del diálogo fue a parar a algún rincón del olvido, pero jamás perderé la amarga expresión de su rostro al referirse a su “fracaso familiar”. Su mirada se tornó aun más melancólica de lo que la naturaleza de sus ojos grises había mostrado hasta el momento. Su cuerpo se encorvó un poco más cuando me confesó: “Perdí todo por buscar buenos negocios”. El momento bisagra con su esposa fue, no obstante, en la cama. “Hacía mucho que no teníamos sexo. Soporté muchas negativas. Ese día ella quería y yo le dije que no. Fue el final”. La nostalgia que vivía no necesitaba ser explicitada.

Había pasado más de una hora, el bar empezaba a cerrar y yo pensaba en lo que sería otra mañana perdida en Budapest (calavera a veces chilla). Él busco un papel y una birome para intercambiar contactos. Yo perdí el papel. Sospecho que él también. Creo que ambos sabíamos que eso sucedería. Será por eso que nos despedimos deseándonos buena suerte, del modo en que lo hacen aquellos anónimos que saben que difícilmente volverán a encontrarse, y con un gesto de agradecimiento por el momento compartido.

NC

Budapest, Hungría

Septiembre de 2012

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