Por la ribera oeste del Río Vístula

* Publicado en Ficciones PPF

08-cracovia_129Cracovia es una ciudad a la que le sientan mejor las nubes que los rayos del sol. Siempre sospecho de las ciudades que no se llevan bien con el cielo gris. Seguro esconden dolor y nostalgia bajo una risa eterna e impostada. Reír hace bien, es el piso fundamental sobre el que se sostiene la existencia y uno de los modos de contactos más interesantes con el exterior. Pero debe hacer las veces de colchón elástico para impulsarnos a las cimas y no de imán que nos eternice en la superficie.

La niebla, la llovizna, las tonalidades de grises en el cielo, se conjugan a la perfección con la combinación de un enorme casco antiguo, los castillos y, claro está, el río más grande de Polonia. Cracovia sin duda es más bella ahora, con el otoño pisando los talones, que allá a fines de julio, cuando el verano y sus altas temperaturas causaban estragos. No reniego de caminar en bermudas y ojotas, ni de ver a los niños jugar dentro de la fuente del Main Market Square un domingo por la tarde, pero ya lo saben, el cielo gris y los colores consecuencia de árboles casi desnudos son una debilidad. Las hojas marrones, naranjas y amarillas hacen que la perfección sea una palabra insuficiente para describir tal escenario.

Desde mi punto de referencia, Konfederacka 27, el paraíso cracoviano queda a la izquierda del puente Grundwalzki; a la derecha, sin embargo, está el producto de la invasión occidental y moderna –shoppings, grandes supermercados, un enorme complejo cines-. ¿Podría haber sido de otra manera? El modesto departamento de mi anfitriona de Coach Surfing está del lado izquierdo del puente; justo enfrente, en el bloque de la derecha, hay un moderno hotel cinco estrellas. El Wawel Castle, por supuesto, a la izquierda; en diagonal, del lado derecho, un moderno globo que asciende a unas cuantas decenas de metros de altura y ostenta la cualidad de turismo banal. Modos de vida e ideologías diferentes. Pensándolo bien, solo es un simple apilamiento de una serie de casualidades. Su punteo tal vez no busque más que una justificación de mí mismo.

En algún momento dije que Cracovia esconde parte de su magia en la ribera del Río Vístula, el más largo de Polonia: comienza en las montañas del sur y llega hasta el mar Báltico en el norte. Atraviesa a Cracovia, Varsovia y Gdansk, entre otras ciudades y pueblos polacos. La ubicación de estas ciudades no es casual, sino que responde a una explicación geográfica y económica. De hecho, es una marca de la mayoría de las ciudades importantes de Europa: sus núcleos urbanos se ven constantemente interrumpidos por el agua.

La ribera oeste del Río Vístula atrapa lentamente, con la destreza de un domador veterano y experto, que reconoce el instante preciso para arriesgar el lazo hacia el cuello de su presa. Hay que saborearla con paciencia, como cualquier buen plato o bebida espirituosa. Terminar de apropiarse cuesta porque uno se siente lejos, geográfica y culturalmente; porque es difícil aceptar como algo tan simple tiene el potencial de producir tantas complejidades.

Una vez el paladar se adapta, esta ribera termina siendo una extensión de uno mismo. La representación del sitio y del paseo acaba compartiendo oración con una posible percepción del mundo. Esto se agudiza cuando el clima acompaña con un cielo gris claro y una leve llovizna. Así, pues, se corre el riesgo de que ya no exista sitio alguno que pueda conmover siquiera la mitad de lo que consigue la ribera oeste del Río Vístula. Uno sabe, luego, que esto es mentira, y que hay millones de sitios en el mundo con tal capacidad, pero la sensación en el momento es inequívoca.

Las piernas comienzan a moverse y el Wawel Castle va quedando atrás. Si uno lo hace bien pegado al río, las comunidades de patos que usualmente se ubican en la superficie volarán rápidamente hacia el agua ante la mínima percepción de presencia extraña. Cuan extraño es verlos apoyados en el río, sin hacer un solo movimiento, dejándose llevar por la corriente. Ellos viven allí, libres, lo que da un aspecto más natural aun al lugar. Si al regresar se hace de noche, ellos ya no estarán. ¿Dónde se esconderán una vez que la luna y la oscuridad se hacen presentes? Quizá estén vagando en el agua y su color negro los hace invisibles al ojo humano.

Curvas y más curvas que uno anticipa porque al andar es lento, sin prisas, dejándose envolver por el entorno. Al pasar la primera, los edificios de dos conocidas y lujosas cadenas hoteleras interrumpen el placer y desacreditan aquel apilamiento de casualidades. Pero que importan esas bestias de varios pisos, ya llegará el momento en que el hombre viva en un mundo mejor, donde esos despreciables sitios no existan.

El castillo oculto es la referencia inconfundible: esta ribera es un sitio ideal para el viajero explotador. No hay referencia de él en los mapas y tampoco parece especialmente cuidado para el turista. Sin embargo, allí está, continúa siendo, como prueba irrefutable de un pasado que existió, cuyo impacto perdura en lo concreto y en lo abstracto. Aunque no posee la elegancia y la presencia del Wawel Castle, el amarillo gastado de su exterior y las paredes descascaradas le dan una rusticidad muy singular.

Del lado izquierdo se pueden divisar barrios residenciales con casas medianas, que contrastan con los edificios de las zonas urbanas de Cracovia, aunque no ostentan un lujo vulgar. Parece más bien el hogar de una clase media en busca una vida más cercana a la naturaleza, que de una clase alta en busca de alejarse de la sociedad. Más adelante, las casas desaparecen y el lienzo incluye una delgada ruta de doble mano. ¡Ah, quien pudiera recorrerla! El río a un lado, una suerte de bosque al otro. ¿Quién no conduciría horas enteras en tal entorno?

Los puentes se suceden, la cantidad de gente alcanza la suma cero y uno siente que allá enfrente hay una eternidad por recorrer de la cual será difícil volver cuando la oscuridad aseche. El regreso se hace sin ganas, tratando de imaginar que habría más allá. La conclusión final, no obstante, en positiva: habrá que retornar a la ribera para seguir descubriéndola.

Si en algo tenía razón Kant es que el empirismo y el racionalismo por sí mismos no pueden sino llevar al fracaso intelectual. Solo de la combinación desordenada pero combatida de lo abstracto que diseña la mente y lo concreto que perciben los sentidos, puede conseguirse alguna aproximación a eso que vulgarmente llamamos la “verdad”.

De este modo, pues, la pelea de múltiples ideas en la cabeza, más un río y un castillo que ingresan a la vista, la afilada guitarra de David Gilmour conmocionando los oídos, el sabor de un buen cigarro cubano en la boca y un estado de ánimo convulsionado; de esa conjunción puede desprenderse que el destino de mediano plazo más adecuado está al otro lado del Atlántico, en una playa y junto a un viejo amigo, y no en la antigua y querida Europa.

Y es que, en realidad, uno no necesita llevar nada preparado. La ribera se encarga, con su escenario movilizador, de volver a poner en discusión la cosmogonía propia, reflotar los debates ideológicos, resurgir algunas viejas ideas para escribir o proponer la experimentación de nuevos sentimientos

La ribera oeste del Río Vístula y yo compartiremos por siempre un vínculo que solo nosotros podremos comprender cuan hondo es. Recuerdos de experiencias vividas y proyectadas, decisiones importantes tomadas y el saboreo de la simpleza del devenir. Siento nostalgia por la ribera, pero mucho más por mi mismo andando a través de ella, la verdadera naturaleza de cualquier extrañar.

NC

Cracovia, Polonia

Agosto-Septiembre de 2012

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