La niña y las burbujas

* Publicado en Ficciones PPF

lviv_016Ella corretea a un lado y otro persiguiendo las burbujas de jabón que lanza su padre, con el famoso juguete que supo atravesar fronteras y culturas. Su pelo rubio apenas se mueve, pues no lo lleva muy largo ni abundante. Y allí va, de izquierda a derecha, con su remera rosa, pollera de jean hasta las rodillas y unas sandalias con poco futuro, si de este modo suele descargar su energía la pequeña de 3 o 4 años.

Intenta explotar las burbujas, pero rara vez lo consigue. Ella insiste y no se cansa. Simplemente va, lo intenta y cuando las burbujas se terminan regresa a donde está su padre, que con paciencia introduce el aro en el frasquito y sopla a través de él para producir la magia que entretiene a su hija.

Sin importar los resultados, ella siempre regresa hacia el padre con una sonrisa. No compite contra nadie, ni siquiera consigo misma. Solo va y viene, corre, juega, sin presión por conseguir una meta. Si bien parece tener un objetivo en la actividad, ella disfruta del mero hecho de realizarla, sin frustraciones, sin victorias ni derrotas. Pase lo que pase, todo es motivo de festejo y alegría.

No necesita buscarle una explicación científica a como se producen las burbujas. Es probable que dé un valor mágico al objeto, el coso ese que hace las burbujas, o como sea que se diga en ucraniano.

En ella no reside la pregunta de quién es y qué hace en este mundo. No hay búsqueda de encontrarle un sentido a su existencia. Sencillamente va siendo, dejándose llevar hacia donde las burbujas se dirijan. Es vitalidad en movimiento. Quizá Nietszche o Sartre hayan soñado con esta niña, que sin darse cuenta cumple los abstractos conceptos y las utopías de aquellos filósofos que pretendieron un ser humano sin cadena alguna.

En algún momento parece cansarse y se detiene frente al padre agitando los brazos. El padre continúa con su tarea y las manos de la niña buscan las burbujas, por supuesto con su sonrisa en el rostro, que a veces se convierte en pequeña pero sonora risilla. Aparentemente es su modo de tomar impulso, ya que casi de inmediato vuelve a corretear las burbujas de modo desordenado, caótico, libre.

Para ella no existen los fisgones anónimos o conocidos que estén juzgando su comportamiento. Ni siquiera alcanza las superficiales (aunque no por ello poco dolorosas) preocupaciones pre-adolescentes. No le importa parecer inteligente o seria o divertida o interesante o graciosa. Va y viene a por las burbujas sin perturbaciones, en una de las esquinas de un parque de Lviv, pequeña y antigua ciudad ucraniana.

El mundo le devuelve las sonrisas y no considera peligro alguno a su alrededor. El padre debe gritarle algo cuando persigue las burbujas demasiado cerca del epicentro de una extraña batalla entre cientos de palomas, probablemente enfrascadas en la pelea por una porción escasa de alimento que alguien les arrojó.

De repente, las burbujas cambian de dirección y en lugar de dirigirse de frente o hacia su derecha, van a su izquierda. A ella no le importa y las persigue. En su movimiento, se encuentra con un tipo extraño que la observa. Tiene pelo negro, barba abundante y rasgos poco conocidos para ella. Lo mira con ojos inquisidores, pero sin violenta maldad, sino más bien curiosos en extremo. Esa mirada no es para nada distraída; se dirige directamente a las pupilas de su observador. Ella no sabe de vergüenzas y momentos incómodos, por lo que no le importa. Su observador sí conoce del tema; no obstante, no tiene fuerza siquiera para quitar la mirada. Está perdido en el acto simultáneamente teatral y real que representa la niña.

El instante dura unos diez segundos, aunque la intensidad haya dado la impresión de años. Ella vuelve rápidamente a su actividad, a su pasión ocasional, a las burbujas. Su padre, sin embargo, espía por el rabillo del ojo al extraño observador. Es una mirada sospechosa, quizá atemorizada. Él ya no tiene un espíritu invencible como su hija. La vida se ha ocupado de arrancárselo a fuerza de dolorosos cachetazos. Lo más probable, igualmente, es que no tema por él sino por su hija. Al observador lo incomoda esto. A fin de cuentas no está haciendo nada malo: solo observa, toma notas en una pequeña libreta y deja caer alguna lágrima aislada.

Entretanto, se acerca un hombre alto y rubio al padre. Parecen tener edades similares. Se saludan. Se dicen algunas palabras. El padre agarra un pequeño cartón de jugo y una bolsita plateada con moño rosa, aparentemente las pertenencias de la niña. La llama. Ella, dócil pero a disgusto, va con su padre. Los tres se alejan en dirección a otra parte del parque.

El conmovido observador se queda en su sitio, ensimismado, sin posibilidad de hacer otra cosa que permanecer. Casi que ya extraña a la inspiradora niña, su correteo alrededor de las burbujas, su espontánea sonrisa, su vitalidad desplegada al servicio de un juego sin otro sentido que su mismo desarrollo.

A todo esto, los tres personajes reaparecen en escena. Los dos tipos conversan, mientras el padre vuelve a sacar el juguete y la niña retoma su actividad donde la había dejado: el constante ir y venir dictado por la dinámica de las burbujas. Diez minutos más tarde, los tipos se despiden, el padre llama a su hija, la toma de la mano y se va en dirección opuesta a su amigo, ahora si de forma definitiva. Cinco minutos más tarde, el observador decide hacer lo propio.

La niña jamás sabrá que ese tonto de rostro extraño y ajeno, aquel raro observador del parque de Lviv, admiró su existencia. Jamás sabrá que su vitalidad convertida en movimiento genuino trasladó al observador a su propia infancia. Jamás sabrá que este observador revivió sus propias épocas de vitalidad convertida en movimiento genuino, aquel maravilloso mundo de la niñez al que solo es posible volver con el recuerdo (¿O tal vez no?). Jamás sabrá que su observador volvió a aquellas fantasías que duraban horas, en las que él cumplía todos los roles e inventaba más allá de los límites. Jamás sabrá que el observador habría dado los dedos meñiques de los pies con tal de volver aunque sea una media hora a sus ocho o nueve años, o por ser esa niña al menos diez minutos.

Y, por supuesto, jamás sabrá que su inspiradora actitud frente a la vida conmovió a ese observador, quien acabó eternizándola, a ella y a las burbujas, en un puñado de modestas líneas.

 

NC

Lviv, Ucrania

24 de junio de 2012

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s