Cuba y Argentina, unidas por la danza

Publicado por JII en Panorama Negro. Agosto de 2012

La OEA, La UNASUR, el mismo MERCOSUR, son todas siglas que muchos no deben saber que significan ni qué son, ni para que sirven.

Supuestamente esos diplomáticos nos representan ante la comunidad internacional, y buscan afianzar lazos polí­ticos, culturales y comerciales entre países de nuestra región, primando claro está (y como no puede ser de otra manera en el mundo de hoy), la última de las variables mencionada.

Viajar por Cuba me metió en medio de una historia donde pude vivenciar el verdadero intercambio cultural entre los pueblos. Ese que no sale por la tele, y del que no hablan esos trajeados que ensayan sonrisas artificiales y que estrechan sus manos casi compulsivamente en las majestuosas reuniones multilaterales. Tuve la suerte de apreciar el entrecruzamiento de identidades que verdaderamente nutre y enriquece a nuestras sociedades.

Llegué a la provincia de Santiago de Cuba tras un largo viaje desde La Habana, unas 12 horas de micro. En mi primer dí­a obviamente traté de visitar todos los lugares turísticos e históricos de la ciudad. Pasé por el mítico cuartel Moncada, donde empezó a forjarse el movimiento 26 de julio que sería el que conducirí­a la Revolución del 59′, luego fui al “Castillo del Morro”, una fortaleza colonial construida en un lugar estratégico (y paradisíaco) para evitar los ataques piratas, y también pasé por “La Gran Piedra”, que como lo indica el nombre, es una roca de impresionante tamaño situada a más de 1200 metros de altura, desde donde se aprecia la zona este de la Sierra Maestra, el lugar donde deambularon los expedicionarios del “Granma” (el yate con el que llegaron a la isla los miembros del Ejército Rebelde que liberó Cuba) luego de su accidentado arribo al paí­s.

Muy lindo todo, pero como siempre, me quedó un sabor insulso en la boca. Quería algo más. Y ese algo más iba a llegar de la manera menos pensada. Siempre lo hace de esa forma cuando uno está librado a las vicisitudes del destino y del camino.

En mi hospedaje me topé con una argentina, la primera que me cruzaba en mi estadí­a de más de una semana en el caribe. “Hola, ¿sos argentino?”, me preguntó cuando llegué, con tono simpático y sociable. Medio seco, le respondí afirmativamente. La verdad que uno se va tan lejos de casa que no quiere cruzarse con compatriotas, pero siempre termina primando una extraña atracción que te pega a los tuyos. Es una energía que invade tú inconsciente y te acerca a los que nacieron en tu mismo suelo, como para sentirte un poco en tu tierra, esa que siempre se extraña.

“Bueno, cualquier cosa que necesites me avisas”, me dijo amablemente esta mujer que asomó su cabeza por la puerta de su habitación. “Dale, me acomodo y hablamos”, le respondí­ sin variar mi tono apesadumbrado (tengan en cuenta que venía de dormir en un micro y mi humor no era desbordante ni mucho menos).

Luego nos cruzamos en un desayuno y empezó nuestra relación, que duró apenas unas horas, pero creo que nos movilizó a ambos. No sé en qué sentido; hubo como una conexión especial, yo quizá admiré a esa mujer por unos momentos, y a ella creo que le llamó la atención mis ideas, objetivos y modo de viajar y experimentar las culturas de otros paí­ses. Todas especulaciones que se cruzaron por mi cabeza dí­as más tarde para explicar lo inexplicable, esas fuerzas y momentos que unen a las personas y hace que éstas se sientan atraí­das de tal o cual manera.

Entre el café, las sabrosas frutas tropicales y los huevos revueltos, me contó un poco de su historia, sobre la que luego iba a profundizar en un almuerzo que compartimos.

Gabriela es bailarina clásica, recibida del Colón. Si usted la ve, rápidamente se da cuenta que es bailarina. Delgada, alta, espalda ancha, cintura tallada, un tí­pico fí­sico de una persona que se pasó la vida en puntas de pie y dando vueltas sobre su eje, en pasos de notable y cuidadosa estética.

Los ojos de Gabriela son muy expresivos; resaltan de su rostro delgado, con pómulos prominentes. Su extraño pero prolijo peinado (creo que eran una especie de trenzas recogidas o algo así­), denotan parte de su personalidad, muy meticulosa con lo suyo, pero también muy atí­pica forma de caminar la vida.

Gabriela hoy por hoy es profesora en Argentina en su “Escuela de Danzas Proyecto Mestizo”, en donde buscan destacar las raí­ces negras de Latinoamérica mediante el baile y la coreografí­a. Una bailarina clásica, enseñando bailes afros. No cierra por ningún lado. Justamente ahí­ es cuando aparece Cuba en esta historia.

Gabriela me contó que se sentía “vacía” con el baile clásico a nivel expresivo, no la representaba, no la llenaba. Le faltaba algo en su vida profesional e í­ntima. Y en una pequeña isla del caribe encontró su destino, por obra del azar pueden decir algunos, por obra de ese mismo destino podrán decir otros.

Conoció la obra del “Maestro” Rivero, una de las más consagradas de danza moderna, llamada “Sulkary”. Eso era justamente lo que ella estaba buscando para su vida, poder fusionar toda su técnica clásica, con ritmos populares. Una colega suya monto esa obra en Argentina, y Gabriela fue una de las bailarinas. “Esto era lo que yo necesitaba, ahí­ entró a mi cuerpo este ritmo, y ahí empezó mi obsesión por conocer al ‘Maestro’”, me contó esta mujer a la que le brillaban los ojos mientras hablaba de este momento tan importante en su vida, nada más y nada menos que el momento en que encontró su camino.

Esa obsesión la llevó a viajar a Santiago de Cuba a comienzos del nuevo siglo, para conocer en persona a su gran inspirador. Previo

Gabriela Fabro, durante sus ensayos al frente de la compañía de danza del Maestro Rivero en Santiago de Cuba

llamado telefónico como para tantear la situación de cómo se manejaban en un paÃís remoto a miles de kilómetros, Gaby arribó a la ciudad y cumplió su sueño.

Y no sólo eso, el “Maestro” la acogió como a una hija y le permitió formar parte de su compañí­a de bailarines profesionales, cuando él tení­a como regla no tomar extranjeros en sus grupos. “Creo que lo conmoví con mi deseo de conocerlo y hacer tantos kilómetros para venir a verlo”, me contó Gaby ente risas tímidas. Ahí ella fue aprendiendo mucho de las técnicas de la danza cubana contemporánea, que hoy aplica en su enseñanza.

“Desde el día que lo conocí­ al ‘Maestro’, no me desconecté ni un segundo de esto, y voy investigando y desarrollando este proceso con la información que aparece, justamente por estar conectada todo el tiempo”, me explicó Gabriela.

Yo asentía como si fuera un conocedor de danza de toda la vida; en realidad estaba anonadado porque tení­a ante mí­ un ejemplo vivo del latinoamericanismo, y una historia de amor. No ese amor novelesco y sistematizado que te venden los medios funcionalistas, sino un amor puro vinculado con el ser. Quizá sentí un poco de envidia por lo claro que tení­a su camino Gabriela gracias al “Maestro”, ya que las sombras y grises del aparato que nos rige, empañan los senderos, actuando como barreras para los que pretendemos libertad de pensamiento y acción.

Aí­ se fue forjando una relación entrañable entre Rivero y Gaby, que dura hasta el dí­a de hoy. El “Maestro”, tras una larga enfermedad, falleció a los pocos dí­as de mi regreso de Cuba. La dirección de su compañí­a quedó en manos Edison, con quién también tuve el gusto de hablar, y quién me contó cómo se manejan, cuántas compañías hay en Cuba, y se lamentó por “la sangría de bailarines” que hay en Santiago, ya que los jóvenes migran en busca de mejores condiciones de trabajo en La Habana o en otros paí­ses. Los salarios, como en todos los rubros y profesiones, no supera los 30 dólares, y el entrenamiento, el desgaste, y el régimen al que deben someterse los bailarines es tremendamente exigente. También deben afrontar la etapa formativa, en la que deben acudir a la escuela vocacional de arte que hay en cada provincia, y superar los ocho años que le demandan para luego poder integrar las compañí­as de danza.

Como devolución por todos esos favores que le hicieron, y por lo generosos que fueron con ella, hoy Gabriela pasó del otro lado del escenario, y ahora ella misma enseña en la compañí­a, y le ofrenda obras, como muestra de agradecimiento y solidaridad por todas las enseñanzas que le impartieron. “Ni él sabe todo lo que me dio”, me comentó Gabriela con una sincera humildad, y aclara que no toma esto como un salto en su carrera, sino como parte de un “proceso” en su formación. Ella misma no reconoce que está dando algo, sino que sigue recibiendo conocimientos, cuando este proceso ya se ha transformado en un cí­rculo en el que todos ganan.

Gabriela dando instrucciones a los bailarines cubanos

En una verdadera muestra de amor, altruismo, generosidad, profesionalismo, Gaby volvió a la isla (luego de varios viajes como bailarina) para montar su propia obra en la compañí­a del “Maestro” Rivero. Aquí­ no ha dinero de por medio, no hay financiamiento de ninguna embajada ni de ningún ministerio ni nada por el estilo. “Es como una necesidad de seguir conectada con mi familia cubana, Santiago es mi lugar en el mundo; yo me ahogo si no vengo, me empieza a faltar motivación”, me explicó Gabriela sobre sus razones para hacer esto que puede parecer una locura para muchos -sobre todo para aquellos que sólo piensan la vida en términos codiciosos y se han olvidado lo que implica el desarrollo interior de cada uno-.

Con mucho esfuerzo, esta sencilla bailarina, como reconocimiento hacia su formador y su guía dentro del mundo de la danza, recorre miles de kilómetros para seguir fortaleciendo los lazos entre ambos mundos, tan distintos y tan iguales a la vez.

Ahora ella misma inserta en los bailarines cubanos nuevos ritmos contemporáneos argentinos (los tangos de la banda Bajo Fondo), para seguir nutriendo este intercambio artístico-cultural que demuestra cuanto tenemos para compartir y mezclar entre latinos, para seguir forjando nuestras propias identidades, tan menoscabadas desde que los paí­ses coloniales se empecinaron en destruir nuestras raí­ces.

Fui a ver uno de los ensayos de Gabriela y ahí­ pude percibir el empeño que pone en su obra. Les repito, aquí­ nadie le estaba pagando por este trabajo, lo hace con el corazón, y créanme que se nota. Ella misma se encarga del vestuario y del más mí­nimo detalle. Quedaba poco para el estreno, y si no estaban ensayando, ella estaba reunida con Edison o con el “Maestro” puliendo los pormenores de esta obra, su obra, que es el reflejo de años de entrelazamiento cultural y aprendizaje.

No me pidan que les hable de las técnicas, lenguajes corporales, movimientos de torso y demás, hablen con Gabriela Fabro al respecto. Lejos estoy de poder captar los mensajes y propuestas que hacen a través de la danza, me declaro un incompetente en la materia. Lo que si admiro y me emociona profundamente, es el amor con el que Gabriela trabaja por lo suyo.

Lo que me hizo acercarme a ella, además de su argentinidad, es su pasión, eso terminé de entenderlo días más tarde. Estas muestras de humanidad conmueven en un mundo llenó de superficialidades, guiado por los vaivenes de una economí­a que siempre va a terminar generando lo mismo: más ricos a costa de más pobres.

Gabriela me llevó a su mundo paralelo, en el que el dinero no importa, y su guía es su corazón. Ella estaba ahí para hacer lo que más le gusta, sin importarle otra cosa en ese momento, viviendo al máximo su experiencia con todo el desgaste, estrés y tensión que conlleva. Montar una obra de este tipo requiere de una profesionalidad y responsabilidad muy grande.

El agradecimiento a su “Maestro” no puede ser mejor; ella misma comenzó a volar con sus propias alas, ella misma comenzó a recorrer su camino, con un detalle elemental, nunca olvido quién le mostró ese camino y por eso ella estaba ahí­, en Santiago de Cuba, en su lugar.

Cuando se habla de intercambio entre paí­ses Latinoamericanos en las altas esferas gubernamentales (más ahora que estamos en tiempos de una intensa sensación y efervescencia “latinoamericanista”, siempre me pregunto de qué hablarán todos esos diplomáticos que se reúnen en lujosos hoteles o salones en esos actos grandilocuentes. Nunca obtengo respuestas, siempre me da la sensación de que se están hablando entre ellos, en su idioma, con sus formas, y sus modos “correctos” y sus cifras millonarias.

Gabriela me dio más respuestas al respecto que toda esa gente; y a ella no la auspicia ni financia ninguno de esos hombres, ni ningún Estado. Sólo la mueve su amor, y quizá de manera inconsciente, esta generando esos lazos entre paí­ses hermanos de Latinoamérica, desde su humilde lugar, desde su vocación por la danza.

Con estas expresiones artísticas, cada representante (verdadero) del pueblo, aporta lo suyo para formar un producto mucho más desarrollado; de esta manera se quiebran las estúpidas fronteras entre países hermanos de una región que ha sufrido las mismas atrocidades, y que sigue sufriendo las mismas penas, más allá de ideologí­as o banderas políticas.

El de Gabriela es un ejemplo revolucionario en un mundo orquestado desde oficinas donde apuestan y juegan con el dinero de la gente. Ella destruye todas esas barreras, camina por senderos paralelos, demostrando que su vida pasa por otro lado, y va dejando su huella, a su manera, una manera que no vende, pero que enriquece.

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