De cuando la ley se vuelve obsoleta (o absurda)

* Publicado en Ficciones PPF

Mal dormido y todavía un poco nostálgico tras la travesía en el tren ruso, transité las calles de Kiev cercanas a la estación central de trenes en la búsqueda de la estación de metro Vokzal´na de la línea roja. Caminé algunas cuadras en la dirección que planteaba el tótem para turistas que estaba frente a la estación y no la encontré. Volví hacia el tótem y confirmé que la dirección era la correcta. Tal vez el mapa a escala mentía, como a veces sucede, por lo que decidí caminar todo lo que fuera necesario hasta cruzármela. Tras unas quince cuadras, me crucé una pareja que parecía estar en la misma tarea. Resultó que no; para peor, según ellos, el metro más cercano estaba a unas veinte cuadras. Aunque el mapa a escala no podía mentir tanto, ¿de qué sirve preguntar a alguien sino se le va a hacer caso? Me sugirieron tomar un colectivo, pero no me pareció lo más sensato; temía perderme aún más. Además, cuando uno se mueve a pie de un punto a otro, aun cuando no se encuentre rápidamente el lugar, al menos se conoce un poco más de la ciudad.

kiev_001Opté por tomar las cosas con calma, sentarme a tomar un poco de café, despabilarme, quizá trabajar un poco y consultar allí por la estación de metro que estaba buscando. Todo resultó de maravilla, menos que mi Toshiba tuvo problemas para conectarse al Wi Fi; el metro estaba mucho más cerca, aunque bastante escondido (como la mayoría de las estaciones en Kiev), al fondo de un mercado abierto y una terminal de tranvía.

Pagué el billete sencillo al excesivamente bajo precio de 2 grivas (20 centavos de euro, ¡que diferencia con los casi 5 euros del metro de Estocolmo!) y me bajé en Khreschatyk, donde combinaba con la estación Maidan Nezalezhnosti de la línea azul, que finalmente me llevaría a unas pocas cuadras del hostel que había reservado, ubicado en una zona antigua de Kiev.

Mientras caminaba lentamente con mis mochilas el largo pasillo que unía ambas líneas de metro entre la muchedumbre matutina, empecé a sentir el inconfundible sonido de un violín bien tratado y una guitarra de fondo. La curva del camino se profundizó un poco y aparecieron dos jóvenes ubicados al costado derecho haciendo un poco de música. Los sobrepasé unos diez metros, pero la música me generó una fuerte atracción; regresé sobre mis pasos entre la multitud y me senté a unos escasos metros de ellos.

Creo que no existe un instrumento más melancólico que el violín; quizá el bandoneón para los argentinos muy tangueros. El sonido que producía la virtud de estos jóvenes calzaba justo con mi estado anímico. Mis escasos conocimientos musicales impidieron que reconociera que estaban tocando; sin embargo, el arte tiene la habilidad de conmover aun al ignorante, si es que éste se deja llevar por la propuesta del artista, sea música, poesía, pintura o arquitectura.

La mayoría de la gente posaba sus miradas al pasar cerca de ellos y algunos incluso cruzaban de “carril” para dejar algunas grivas a los talentosos jóvenes. ¿Cómo podría ser de otro modo? ¿Qué mejor para iniciar un pesado día laboral que el sonido de un instrumento bien interpretado? Ellos ni se inmutaban y parecían estar ensimismados en su expresión, aspecto que siempre me ha movilizado de los artistas callejeros. Ellos manifiestan su arte para todos y para nadie; en todo caso, para sí mismos. Brota de su arte necesidad de expresarse a sí mismos, sin otro objetivo que el de la expresión. Un estuche de guitarra o un sombrero parecen ubicarse casi por casualidad frente a ellos, como invitando, al que así lo desee, a dejar una propina en agradecimiento a los responsables de un instante sorpresivo y movilizador.

La canción terminó y ellos miraron a su extraño observador, que portaba mochilas inequívocas y unos ojos conmovidos. Hice un gesto de aprobación. El guitarrista sonrió tímidamente e instintivamente comenzaron otra canción. El sonido me retenía y yo no tenía ninguna intención de forzar la retirada del sitio. Acompañaba a la perfección mi sensación de estar cayendo en la cuenta de los sueños que estaba cumpliendo, las experiencias vividas a las que tanta expectativa había puesto. ¡Rusia! ¡Estuve en Rusia! Y ahora estaba sentado en un en el metro de Kiev sintiendo con mi cuerpo la potencia de un nostálgico y conmovedor violín. ¿Cómo dejar algún día ese sitio? ¿Cómo evitar estos sentimientos tan profundos, tan potentes que apagan por algunos instantes el control de la razón?

Podría haber continuado allí quien sabe cuanto tiempo. Sin embargo, un policía se acercó para interrumpir la producción artística. Con aparente amabilidad y sin movimientos bruscos, intuyo que instó a los jóvenes a que cesaran de atentar contra la ley y que circularan para facilitar el movimiento de la gente en el espacio público. Sentí un impulso de intervenir, pero el hecho de no hablar el idioma y una vergüenza súbita me frenaron; para que mentirme, es posible que en Argentina también hubiese reprimido tal impulso. Dejé algunas grivas en el estuche sin dejar de observar lo que sucedía, como si eso fuera a cambiar en algo la situación, y seguí mi camino.

¡Ay, esas malditas leyes! ¿Qué genios de corbata, auto lujoso y billetera abultada habrán construido una norma que considera un crimen a la expresión de arte en el espacio público? ¿Creen realmente expresar la opinión de la mayoría, como se supone que debería ser en una democracia representativa? ¿Le han preguntado, acaso, a todos los ciudadanos comunes que ven sus mañanas mejorar gracias al sonido de un violín e incluso entregan algunos de sus billetes para que esos artistas continúen con su tarea? ¿Por qué les damos a esos señores de uniforme la atribución de salvarnos de los “artistas criminales”? ¿Por qué mejor no se ocupan de esos ladrones de oficina que estafan pueblos enteros con juergas financieras y evasiones impositivas millonarias? ¿Qué democracia es posible si dos jóvenes no pueden manifestar su talento con libertad y sin molestar al resto?

Cuando la ley se vuelve obsoleta y ridícula, y busca impedir a los ciudadanos la libre elección de vivir experiencias conmovedoras, despierta en mi el anarquista que todos llevamos dentro.

 

NC

Kiev, Ucrania

19 de julio de 2012

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