Travesía en un tren ruso

* Publicado en Ficciones PPF

Tenía la impresión de que finalmente no viajaría en uno de esos trenes que Dostoievski describe en Diario de un Escritor, en una de las más fantásticas crónicas que me ha tocado leer. Uno de esos trenes en los que los vagones se distribuyen en cabinas abiertas, con camas abajo y arriba, muy parecido a los camarotes de los barcos. El tren que me trasladó de San Petersburgo a Moscú era más parecido a otros en los que he viajado por Europa, con asientos similares a los de micro. Esperaba con resignación algo similar del que me trasladaría, por poco más de trece horas, de Moscú a Kiev, la capital de Ucrania.

5-moscc3ba_102Llegué a Kievskaya, una de las tantas estaciones de tren de Moscú, como no me gusta: con los minutos contados. Errores de cálculo de tiempo típicos de un viaje. Por suerte, las estaciones de tren, desde el punto de vista de alguien que sale de la ciudad, es una de las aventuras más sencillas en Rusia, en términos de idioma y de encontrar exactamente lo que uno está buscando, en este caso el tren correcto.

Ingresé al vagón número 12 y me encontré con lo inesperado: el tren en el que había soñado viajar. Busqué mi cama, que estaba al fondo. Me tocaba arriba. Totalmente traspirado, con cara de extranjero perdido y una mochila que delata aventuras, me encontré con mis compañeros: una pareja de septuagenarios, una pareja treintañera y una señora de unos 40 años. Todo indicaba que era una familia. Supuse que se trataba de los padres de uno de los treintañeros y la hija mayor, la solterona. Por su acento, me pareció que no eran rusos; quizá fueran una familia ucraniana de regreso de unas vacaciones en la capital rusa.

La chica de la pareja, rubia ella y con expresión grave, sospechando que estaba un poco perdido ante el contexto, me dijo unas cuantas cosas en ruso, acompañadas con algunos gestos. Interpreté que se refería a que no me preocupara por acomodarme inmediatamente en mi cama; podía sentarme junto a ellos. Acepté la sugerencia, un poco para no continuar con la conversación, dejé mis mochilas en mi cama y me senté, con una mezcla de incomodidad y vergüenza. Era como un intruso en la intimidad de la familia.

Así estuve algunos minutos, maravillado por la experiencia que estaba viviendo y evaluando si comer algo, escribir, leer o escuchar música. Dormir quedaría para más tarde. “Si, mejor, estos tienen cara que a las nueve o diez van a querer estar durmiendo, así que lo ideal será guardar sueño para entonces”, pensé. Entre tanto, el tren arrancó su marcha con cinco o seis minutos de retraso, lo que tranquilizó mi recuerdo reciente del apuro por los subtes de Moscú.

Traté de recordar algunos de los pasajes de la crónica de Dostoievski y me molesté por no tener el libro conmigo en ese momento. Sin embargo, recordé que posiblemente lo tendría abierto en la computadora, lo cual me alegró y me dio un poco de ansiedad por fijarme. La cuestión era que todavía no sentía la comodidad como para moverme a gusto.

Por el rabillo del ojo percibía las miradas curiosas alternadas de los distintos integrantes de la familia. De paso, noté que en la mesita tenían, entre unas bebidas, unos anteojos y algunas cosas más, los paquetes de cigarrillos y encendedores listos para ser utilizados. A los pocos segundos, pasó por al lado mío un señor con el cigarrillo en la boca, muestra irrefutable que estaba dirigiéndose a algún sitio del tren donde era posible fumar, lo cual me sorprendió y alegró simultáneamente. Uno cuando está viajando se acostumbra a pasar largas horas de transporte sin fumar; pero cuando existe alguna posibilidad de hacer una interrupción de la abstinencia, uno no puede más que festejarlo, aun cuando considere que las reglas deberían ser estrictas con los fumadores y que esas extensas horas de prohibición terminan resultando un respiro para los pulmones y una colaboración para la salud.

La solterona se dirigió hacia a mi, también en ruso, y se ayudó con unos gestos para aprovechar mi altura y pedirme que le subiera una mochila a las rejas donde se ubicaba el equipaje. Hice un movimiento afirmativo con la cabeza y procedí a llevar adelante su pedido. “Espasiva”, dijo, y me alegré por entenderle, gracias a la única palabra que podía entender en ruso. Hice otro gesto afirmativo con la cabeza y aproveché que estaba parado para agarrar la computadora.

La abrí y volví a mirar por el rabillo del ojo la observación de mis compañeros. El señor mayor, que estaba sentado al lado mío en silencio, siguió sin disimulo mis tareas por algunos minutos. Abrí un procesador de texto en la carpeta indicada, acomodé la fuente y el formato de los párrafos, y comencé a escribir estas líneas. Quizá cierre el texto acá o lo prosiga después. No lo voy a decidir ahora. Tengo hambre y además debo trabajar con otro texto.

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Los estímulos no frenan. Intento concentrarme en la crónica central de San Petersburgo que debo entregar a Nachito Incardona, el Director de Panorama Negro, mientras engullo unos sándwiches. No puedo fallarle en mi promesa de tener un texto decente por semana para su sitio web. No puedo fallarme en lo que me autoimpuse como obligación. Los días en Moscú fueron bastante improductivos en cuanto a la escritura, en gran medida porque se armó un lindo grupo de latinos con espíritu alegre. Fue más bien productivo en lo que hace a la sociabilización y la vida nocturna, que también es una parte importante de un viaje. Me fue difícil encontrar momentos de inspiración o concentración para ocuparme de tantos textos que tenía por terminar.

5-moscc3ba_103Para peor, me subí a este tren y desde ese momento no puedo concentrarme en otra cosa que no sea disfrutar de la percepción y la experimentación actual, mucho más desde que abrí este documento de texto. La escritura, al menos como la entiendo yo, tiene mucho de impulso: cuando existe la posibilidad, hay que dejar que las palabras salgan solas, sin hacer fuerza, como cuando de niños nos dejábamos resbalar por el tobogán.

Cuando la señora en pareja me vio sacar el paquete con los sándwiches, me ofreció cambiar de lugar y ocupar la mesita frente a su marido. Le hice un gesto que no se haga problema, pero insistió, siempre con su expresión grave. Consideré que tal vez temía que ensuciara su cama o algo así, por lo que acepté. La poca comodidad que había adquirido se esfumó en una sensación de invasión superior a mi llegada a la cabina abierta. Comí de manera poco relajada, intentando no perder ni una miga.

Ahora, mientras como, observo el comportamiento de los compañeros de cabina y replanteo mis sospechas. Creo que simplemente se trata de una madre y su hija, una pareja y un señor mayor que viaja solo. Esta alternativa me hace sentir menos invasor y, a su vez, me da cierta tranquilidad para desparramarme con mayor fluidez. La madre y su hija conversan con avidez; la pareja se ha mantenido en silencio y con exagerada seriedad desde que los vi al subir; a ratos él toma un autodefinido a medio hacer y lo deja a los pocos minutos con gestos de frustración; ella mira por la ventana y se levantaba a fumar con demasiada frecuencia; y el señor mayor se entretiene con un celular bastante antiguo y modesto, u observando por la ventana o a mi. ¿Le sorprenderá que un tipo saque una computadora en el medio del tren?

Nadie ha expresado siquiera una sonrisa en las primeras dos horas de viaje. Me voy de Rusia con la sensación de que sus habitantes, en general, no ríen muy a menudo. Conocí muchas personas de mi edad que sí lo hacían y, de hecho, rechazaban mi observación; no obstante, creo que esto se debe a los contextos en los que se produjeron estos efímeros vínculos. Paseando por las calles y observando a las personas en los restaurantes, por dar dos ejemplos, me queda la impresión que hay un faltante de risas en esta sociedad.

Miro la mochila y decido agregar una fruta al ¿almuerzo? ¿merienda? (son las cinco y media de la tarde, para los rusos está más cerca de ser una cena). La termino rápido y decido ir a investigar el sitio para fumar. Atravieso la puerta que separa las cabinas del baño, veo que la pequeña ventana frente al baño está semi-abierta y le digo para mis adentros “ahora regreso”, otra puerta y me encuentro en límite de la intersección de vagones con una chica y el señor mayor compañero de cabina fumando. No tiene aspecto de legal la situación, pero tampoco hay carteles prohibitivos.

Mi compañero de cabina parece fumar apurado: su cigarrillo porta una ceniza muy extendida. No es ilógico pensando en el contexto, tan asqueroso como algunos de esos sectores para fumadores en aeropuertos. El aire solo pasa al abrir la puerta que da al intersección de vagones y fluye por los escasos intersticios. Para quienes tenemos una adicción al cigarrillo más dionisíaca que física o psicológica, fumar en esos sitios no quita la necesidad del tabaco, simplemente porque el verdadero fumar lo asociamos a hacerlo en un cómodo sillón después de comer, en un alto cerro desde el cual observamos un pequeño pueblo o situaciones similares. En todo caso, calma un poco la ansiedad; después de todo, quizá si haya un poco de adicción psicológica.

¡Basta! Tengo que volver a la crónica de San Petersburgo. Debo aceptar las decisiones que se toman mientras se fuma un cigarrillo. Lo voy a terminar sea como sea durante este viaje en tren y enviárselo a Nachito Incardona apenas llegue a la estación de Kiev. Chequeo la cantidad de batería disponible: dos horas y un poco. Otro problema más. Quizá sería mejor dar por terminado este texto. Perdón estímulos, pero debo irme por un rato.

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5-moscc3ba_1061¡Ah, observar por la ventana! Allí surgen pensamientos de profundidad, una suerte de magia provista por la combinación del movimiento y la observación de lugares nuevos y desconocidos. La posibilidad de ver un mundo en funcionamiento pleno sin modificar las condiciones, pasivamente, como si uno fuera un etnógrafo invisible. Y esta ventanita semi abierta tiene algo de especial. Lo único malo es que cada vez que viene alguien al baño piensa que estoy esperando, me hablan en ruso y me desconcentran. Incluso una señora mayor intentó proponer una conversación. ¿No se dan cuenta que por más buena voluntad que tenga no les voy a entender nada?

Cuando no hay interrupciones, esta ventanita me brinda los clásicos y conmovedores paisajes que uno puede observar cuando se traslada en tren. Pequeños pueblos, mucho bosque, casas de madera, algunas más tipo cabaña pero de material, más y más bosque a veces interrumpido por algunas viviendas, de repente una estación antigua donde sube un poco más de gente al tren. ¡Qué afortunada la gente que vive allí! Bueno, no lo se. Quienes estamos acostumbrados a las grandes ciudades siempre vemos con cariño esa posibilidad de vida diferente. A quienes pasan sus largos días en estos lugares, le sucede exactamente lo contrario. ¿La naturaleza del ser humano, de buscar lo que no tiene? No me parece una cualidad negativa, siempre y cuando uno no pierda de vista lo positivo de lo que efectivamente tiene.

Y por mi cabeza pasa el cierre de un sueño y el comienzo de un período destinado a tomar decisiones. ¡Cuanto tiempo que fantasee con venir a Rusia! Y ya se terminó… Fueron dos semanas muy raras. Empecé muy incómodo, a los dos o tres días ya me sentía como en casa y ahora me estoy yendo con la sensación de no tener muchas ganas de irme. ¿Será que tengo que volver? Parte de las decisiones a tomar. El dinero se empieza a ir y hay que empezar a producir para hacerlo regresar o, al menos, que no se vaya tan rápido. ¡El dinero, esa maldita preocupación! Bueno, hay que aceptarlo. Soy un tipo de 26 años viviendo en un mundo capitalista.

Los puntos de inflexión en los viajes, y este claramente es uno de ellos, siempre me hacen recordar a mi ciudad. Era uno de mis grandes temores antes de empezar esta aventura. Nunca estuve solo fuera del país más que una semana. ¿Extrañaré a mi gente, la comida, los olores, el idioma, los pequeños detalles de mi barrio? Estaba seguro que si. De hecho, mi preocupación más bien era: ¿me sentiré mal? Puedo decir en este momento que extraño lo suficiente como para no olvidar, pero no tanto como para que duela. La nostalgia justa para que quien sabe disfrutar de ella.

El reloj marca las 9 y 20 de la noche. Calculo cuantas horas voy a dormir, si es que lo consigo cerca de las 10: unas siete horas. No me convence mucho el número. Miro hacia el vagón. Cruzo miradas con la rubia, que al instante desvía los ojos hacia cualquier sitio. No hay mucho movimiento como para empezar a dormir y yo estoy que me caigo de sueño. Observo más minuciosamente las dimensiones de la cama. Apenas subí me había parecido más larga. También más ancha. ¿Alcanzará para mi cuerpo?

Más si, yo me empiezo a acomodar como para dormir, algo de música, un libro al lado y que el resto haga lo que quiera.

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No recordé con exactitud que estaba soñando, pero seguramente era más placentero que despertarse todo traspirado en un prototipo de cama, de dimensiones inadecuadas para mi tamaño y empujado de modo no sutil por un señor desconocido, o mejor dicho, a quien solo conocía de habernos observado un puñado de veces desde que había subido al tren.

“……………………………”, dijo en ucraniano o en ruso. Por toda respuesta obtuvo un rostro totalmente perdido, por estar aun medio dormido y por no entender nada de su idioma. Hizo un ademán de molestia, tomó algo que tenía sobre la mesa y me mostró un documento. ¡Control de pasaportes! Le agradecí con el gesto universal del pulgar hacia arriba.

Me desperecé un poco con cuidado milimétrico, lo que no impidió que golpeara mi mano derecha con la reja que estaba encima de mí tan cerca que me sentía un poco atrapado. Intenté algunas piruetas para sacar de mi mochila los pasaportes sin tener que bajarme de la cama. Fue un poco aparatoso pero efectivo. Luego esperé con impaciencia que aparecieran los policías migratorios rusos.

Mientras, observé que todos mis compañeros de cabina conversaban con suma avidez. La señora mayor, el hombre mayor, el treintañero que parecía estar en pareja con la rubia y la morocha cuarentona. La rubia había desaparecido (¿se habría peleado con su pareja?) y la morocha cuarentona estaba acostada en la que yo había supuesto era la cama de la rubia. Ya no sabía si eran una familia o no, quien viajaba con quien; lo cierto es que el diálogo no se detuvo. Pareció en un momento que todos ellos no eran más que una construcción de mi mente, y que los personajes aparecían y desaparecían, cambiaban sus roles y sus estados de ánimo, en un caos similar al de un sueño.

Pensaba en todas estas cosas, con la imprecisión del que recién acaba de despertar no por decisión propia, cuando finalmente apareció la policía de migraciones. Desconozco la razón, pero me eligió para ser el primero en mostrar mi documentación. Le entregué el pasaporte argentino con el papel de salida de Rusia dentro y me quedé con el español. Lo miró con detenimiento, volviendo una y otra vez sobre las hojas, me clavó la vista y dijo algo en ruso. Inmediatamente alguien, creo que el treintañero, le señaló algo, que supongo que era que no hablaba el idioma. La oficial volvió a clavar los ojos en mi y dijo: “You don´t have visa for Ukraine”. Le expliqué en inglés que usaría el pasaporte argentino para salir de Rusia y el pasaporte español para entrar a Ucrania.

Su expresión se volvió seria y grave, como si estuviera tratando con el posible líder del terrorismo internacional, por lo que traté de usar las palabras más básicas en inglés para que me comprendiera y señalando los documentos. “This is to get out of Russia; this is to get in Ukraine”. Lo tuve que repetir porque su cara seguía inmutable y no dijo una sola palabra. Agregué, en esta segunda oportunidad, que mis abuelos eran españoles, por lo cual tenía doble ciudadanía. Desconozco si me entendió o simplemente decidió que se encargue del problema la policía ucraniana. Selló mi salida de Rusia, se quedó con el papel y me devolvió el pasaporte.

El control de la documentación de los demás fue muy rápido. Apenas desapareció tomé la computadora, con el único objetivo de expulsar el fastidio de mi cuerpo y tratar de volver a dormir.

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El episodio con el control de pasaportes ruso me había despabilado, por lo que decidí comer algo, tomar un poco de aire en la ventana que estaba frente al baño, fumar un cigarrillo, ir al baño y luego volver a la cama. Me costó mucho menos que antes conciliar el sueño, quizá porque ya había encontrado una posición relativamente similar a la que suelo dormir: de costado, del lado izquierdo.

Sin embargo, no duró mucho. Se repitió la situación anterior, con la diferencia que el treintañero solo mostró su pasaporte. Me sorprendí ya que pensaba que el control de pasaportes ucraniano quizá lo haríamos directamente en la estación. Mi mal humor, en este caso, era mucho mayor al anterior. ¿Cuándo llegaría el momento en que me dejaran dormir de un tirón?

Otra vez aguardé con suma impaciencia que llegara el oficial, en este caso ucraniano. Pasaron junto a nosotros dos altos y albinos oficiales que parecían del ejército, no de la policía, con un perro minúsculo. ¿Ese era el can destinado a controlar que no se transporten drogas? Siempre había imaginado que eran ovejeros alemanes o perros más imponentes. La señora mayor, que parecía muy despierta para la hora, acercó la mano para acariciarlo, pero se detuvo a unos centímetros ante la gélida mirada que le dirigió uno de los oficiales.

Esta vez no fui el primer elegido por el oficial, aunque sí con el que más se demoró, una vez más. Tomó mi pasaporte español y, al igual que la oficial rusa, fue y vino por las hojas del documento. En un momento se frenó en la parte de los datos y los corroboró con el papel de migraciones que le había adjuntado al pasaporte. Luego optó por un nuevo ir y venir por las hojas, sospecho que buscando una visa, y luego sacó una minúscula libreta, sospecho que para corroborar si yo, en calidad de español, necesitaba visa o no. Debe haber encontrado algo que lo conformó, porque selló el pasaporte y me lo devolvió. Todo el proceso se desarrolló en absoluto silencio y pude volver a dormir.

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Puedo repasar, en este momento, mi frustrado intento de dormir con algo de tranquilidad porque son las 5 y algo de la mañana y, cuando no, el treintañero volvió a despertarme demasiado rápido. El tren llegaría 5.20 y él decidió unilateralmente llamarme a las 4.50, como si fuera mi papá antes de ir al colegio. Es decir, no solo se tomó el atrevimiento de interrumpir mi sueño por tercera vez, sino que lo hizo media hora antes del horario de arribo del tren a la estación de Kiev. ¿Nadie le contó cuando era niño lo sagrado que son los 15 o 20 minutos extra?

Todos mis compañeros de cabina están mucho más despiertos de lo que cualquier mortal lo estaría en tales condiciones. Incluso la señora trata sacarme charla a cada rato o me hace comentarios. En uno de sus intentos me señala una bolsa que está sobre la mesita. ¡Ahí estaban las sábanas! Ya me parecía raro que absolutamente todos los pasajeros del tren hayan sido tan inteligentes de traerse su propia ropa de cama.

Y entonces, ¿qué tal la experiencia en el famoso tren ruso? Tuvo un poco de todo, como la vida. Si me hubiesen dicho que iba a ser así, creo que igual asumía la aventura, como con la vida. En realidad, lo que más trastoca mi humor ahora mismo es darme cuenta, al asomarme por última vez a la ventanita, que está haciendo mucho frío. ¿Cómo puede ser que haya sentido que dormía adentro de un horno de barro?

Recuerdo con un poco de nostalgia las experiencias vividas en Rusia, incluida esta travesía. Sin embargo, no cala tan hondo porque aun no termino de estar despierto y son más fuertes los dolores en el cuerpo (como si hubiera estado haciendo deporte toda la noche) que los estímulos psicológicos. ¿Volveré? Que se yo, no lo voy a decidir en estas condiciones. Mientras tanto, cuando baje de este tren, estará finalizando de modo definitivo una parte especial del viaje. ¿Qué habrá, pues, al otro lado de la próxima estación?

 

NC

Muscú, Rusia / Kiev, Ucrania

18 de julio de 2012

 

 

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