Las “trampas” de Tallin

* Publicado en Ficciones PPF

tallinn_028En la esquina inferior derecha de una gran construcción de piedra, que claramente lleva allí varios siglos, un pequeño sitio con aspecto de tienda de antigüedades invita a beber cerveza casera y comer lo que sea por 1 euro. El aspecto (y el precio) invita a entrar y decido aceptar la invitación. Ahí dentro, un grupo de cincuentañeros hacen su pedido en idioma local a una señora detrás de una especia de barra, que lleva un vestido rojo, con pañuelo y delantal blancos.

No veo una carta o un menú o algo por el estilo, así que aguardo con timidez a que terminen de hacer su pedido. Mientras, observo que allí dentro es todo de madera, piedra, mimbre o cerámica, todo con estilo antiguo, sin más iluminación que una buena cantidad de velas ubicadas sin rigurosidad. La cerveza se sirve de un viejo barril en vasos de cerámica, de una irregularidad que denota su carácter artesanal; unos pastelitos de verduras o carne salen de un horno de barro, que aparenta llevar allí varios siglos; y una olla alta y delgada, con aspecto antiguo, concentra una extraña sopa.

Los estonios se retiran con sus cervezas y sus pasteles, y yo me acerco balbuceando el clásico “Do you speak english?”, a lo que me responde que un poco. Le digo que quiero algo para beber y comer, pero no sé que puedo pedir. Me ofrece cerveza rubia o negra, vino, los mencionados pasteles, unas pequeñas barras de cerdo procesado o en fiambre o algo por el estilo, y la sopa. Elijo una cerveza rubia, dos pasteles de carne de dos animales distintos (que no alcancé a entenderle qué animales son), una barra de cerdo y un poco de sopa.

Me ubico en una punta, tratando de pasar desapercibido, mientras continúo observando todo lo que sucede a mí alrededor. Me siento como en un dibujo animado o en una película de época o sencillamente en un lugar fuera de contexto, distinto a cualquiera que haya conocido. Toda esta magia se quiebra cuando observo a la dueña de la “taberna medieval” anotar las ventas en su caja registradora de última generación o manejar con habilidad el posnet cuando una señora admite no tener sencillo.

Llegué desde Estocolmo a Tallinn, capital de Estonia, con el mero objetivo de ir desde Estocolmo a San Petersburgo de la forma más barata. La idea era quedarme una noche, descansar un poco, caminar la ciudad e irme. Terminé quedándome tres días. Cuando lo comenté en un diálogo informal con un finlandés del hostel me dijo que se suele hablar de “las trampas de Tallinn”: los viajeros llegan casi de paso, se enamora de la ciudad y les cuesta irse. Y esta no es la única trampa de Tallinn, una ciudad compleja, desafiante y bellamente contradictoria, de solo 400 mil habitantes (un 30% del total de Estonia).

La zona turística y, a su vez, más interesante para recorrer es la Ciudad Vieja. Se trata de una porción al norte de la ciudad, de unos 3 o 4 kilómetros cuadrados, en donde todo mantiene un aspecto medieval o antiguo, con iglesias y templos por todos lados. De repente puede atravesarse en la vista del viajero un cartel de un banco sueco o la maldita M amarilla o la publicidad de una cámara de fotos último modelo; del mismo modo que en la taberna medieval, el encanto se pierde un poco. Flexibilidades que exige la modernidad.

Cuando salí de la anecdótica cena en la taberna medieval, ubicada en una esquina del rectángulo principal de la Ciudad Vieja, me senté en la calle a disfrutar de un festival gratuito de jazz. Escuché la música, percibí el contraste del sonido con el ambiente y pensé largamente en la cantidad de sorpresas que viajar por lugares extraños depara cuando uno se deja llevar por la fluidez y las decisiones espontáneas.

Entretanto, al lado mío se sentó un niño rubio de unos dos años, con ojos muy claros. Lo observé y él hizo lo propio. Me miró como auscultando mi aspecto y sonrió. Tenía dos galletitas a medio comer, una en cada mano, que al efectuar el niño sus torpes movimientos a veces rozaban la calle. Se trasladó cerca de su madre, que estaba a un par de metros. Empezó a jugar a esconderse detrás del carrito de bebé y le seguí la corriente. Así estuvimos algunos minutos hasta que su madre se despidió de la persona con la que estaba conversando y se fueron. Le hice el gesto intercultural de saludo con la mano y el respondió del mismo modo.

Recordé este episodio a lo largo de mi estadía, lo que me permitió percibir la cantidad de niños, de diversas edades, que se encuentran en la calle pasando el tiempo, sea en la Ciudad Vieja o en cualquier parte. ¡Qué contraste con Nueva York!, por citar un ejemplo de una ciudad occidental. Durante mi viaje en 2011, conversé con algunas personas acerca de dónde estaban los niños y adolescentes, que no se los veía en la calle, ni en Manhattan ni en las afueras. Respuesta unánime: están con los videojuegos.

La característica central de la Ciudad Vieja, como mencioné un par de párrafos atrás, es la proliferación de iglesias, en general muy antiguas, con algunos procesos de restauración encima. La más remota data del siglo XIII. Uno pensaría que se trata, pues, de una población muy religiosa. Exactamente lo contrario: solo un 15 o un 20% de los estonios cree en Dios. “¿En qué creen? En la naturaleza”, señaló la guía de un city tour gratuito. Esto se refleja en una ciudad con muchos espacios verdes y un cuidado del espacio público notable.

Otra de las bondades de la Ciudad Vieja es su odio al automóvil y su amor al caminante. Me llevó a pensar en esa utopía que es el Morro do Sao Paulo (en Bahía, al norte de Brasil), donde no existen los autos en absoluto. La gente camina por la Ciudad Vieja como si fuera una completa peatonal y los conductores aguardan pacientes, sin hacer uso de la bocina, a que las personas les permitan el paso.

Niños en la calle, veredas limpias, automovilistas sin prisa ni en la búsqueda de descargar sus broncas en las calles. ¿Por qué creemos que solo el llamado “primer mundo” puede tener estas cualidades? Y al margen de discutir el valor real que estas características poseen, ¿por qué no pensar que los países “subdesarrollados” podemos adoptar algunas buenas costumbres sin perder nuestra identidad?

Y perdóneme que le discuta su posible idea de que Estonia es parte de este llamado “primer mundo”, aun cuando hoy forma parte de la Unión Europea. Estamos hablando del país báltico más cercano a Rusia, ex miembro de la Unión Soviética, donde el salario medio ronda los 500 o 600 euros y tienen más de 20% de desocupación. Existe un sistema de seguridad social pero otorga pensiones miserables. Y, aunque su cultura es más cercana a los escandinavos que a los rusos, no cuentan ni con la capacidad económica ni la historia política para considerarlos, en este aspecto, en la misma oración.

La historia de Estonia se caracteriza por ser básicamente una historia de ocupaciones: danesas, suecas, alemanas, rusas. Todos han peleado por quedarse con este territorio, que cuenta con una amplia costa con el Mar Báltico. En los últimos 7 u 8 siglos, Estonia no alcanza uno entero sumando todos los años de independencia. En cierta forma, los estonios nunca han podido terminar de desarrollar e instalar una identidad y una cultura propias; todos los ocupantes han dejado su huella.

La última ocupación fue la de la Unión Soviética. En los primeros años 40, Hitler amenazaba todo el este de Europa y Stalin ofreció “cuidar” a Estonia de una posible avanzada nazi. Los estonios no estaban muy de acuerdo, pero frente al gigante ruso no había mucho que pudieran discutir, con lo cual aceptaron de mala gana su “protección”. Los soviéticos finalmente se quedaron hasta su disolución en 1991.

Ahora bien, ¿cuál es la visión que tienen hoy del proceso bajo la URSS? Según las opiniones que pude recoger, no hay blancos o negros. Por un lado, los estonios no olvidan que en aquella época todos tenían casa y trabajo; aunque probablemente no fueran los ideales, no había miseria. Este es un logro que aun los más críticos de la URSS reconocen (masacres, izquierdismo de baja intensidad y elites burocráticas al margen). Otra cuestión a destacar, quizá más anecdótica, es que cuando fueron los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980, los soviéticos reacondicionaron la Ciudad Vieja, manteniendo el estilo y embelleciéndola.

Sin embargo, existe la percepción en Estonia que la URSS destruyó, o intentó destruir, la cultura e identidad del país. Como mencioné anteriormente, en general se sienten mucho más identificados con la cultura escandinava que con la de Europa del este, aun cuando un 30% de la población del país es rusa (quizá sea una herencia de país ex Unión Soviética).

Estonia es hoy un país independiente, que habla su propio idioma, y está organizado bajo una democracia parlamentaria. Algo que se menciona constantemente es el alto nivel de corrupción existente, especialmente al momento de la obra pública (¿les suena?). En términos económicos, la orientación actual es neoliberal, algo se ve con claridad en el sistema tributario: las empresas pagan muy bajos impuestos y el fisco se alimenta del aporte de los individuos, en un esquema muy regresivo.

La relación actual con Rusia, en términos políticos y económicos, es complicada. Mantienen un comercio relativamente estable y fluido, pero desde la caída de la URSS todo ha sido difícil. En la búsqueda de reafirmar su independencia, Estonia ha tenido algunos gestos de hostilidad hacia Rusia, sobre los cuales no voy a abrir juicio de valor alguno, especialmente porque sospecho que, debido a una cuestión de tamaño y herencia de los tiempos soviéticos, la voluntad rusa probablemente no haya sido de cooperación en igualdad de condiciones.

Releo el texto y trato de encontrar allí pistas para una síntesis de la identidad cultural de Estonia. Todos los indicios me hacen inferir que no tienen hoy una identidad cultural muy definida. Ni siquiera les gusta su monumento representativo de la libertad y la independencia. La exaltación y el cuidado de la Ciudad Vieja quizá sea una forma de no olvidar un pasado bajo el yugo de las potencias europeas y, al mismo tiempo, tratar de rescatar ahí parte de esa identidad. En todo caso, me enamoró y me sugirió un profundo respeto la idea de un pequeño grupo de menos de dos millones de personas, en constante búsqueda y creación de una identidad cultural, de su propia genuinidad.

 

NC

Tallin, Estonia

Julio de 2012

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