Conversaciones con un intelectual creyente

* Publicado en Ficciones PPF

rhaYo prefiero el realismo abstracto. Rembrandt, por ejemplo. ¿Ves ese cuadro? Es de él. Está en Nueva York. ¿Lo conoces? ¿Y te gusta? Mira, te lo voy a explicar”. Camilo toma el teclado y, por la pantalla de unas 70 pulgadas que está conectada a la computadora, busca una imagen más grande que la que tiene colgada encima del sillón. “Esos son Homero y Aristóteles. ¿Sabes quienes son? Representan las dos ideologías que han luchado por muchos años en la historia. Homero representa una perspectiva más social del ser humano, más unida, y Aristóteles la corriente del individualismo. Me gusta este cuadro porque, además de ser muy bello, dice algo”.

Camilo es uno de mis anfitriones de Coach Surfing en Estocolmo, junto a su novia Malin. Es chileno de nacimiento, pero vive desde pequeño en Suecia. Habla un español extraño porque solo lo aprendió cuando lo hablaba en la casa. Aun así, al expresarse denota el acento chileno, mezclado con algunas formas que podrían ser de inglés o sueco, o mejor dicho, modos combinados propios de alguien que habla con frecuencia distintos idiomas.

Al conversar de cuestiones profundas y polémicas, Camilo es respetuoso y tranquilo, pero no por ello indulgente con su compañero de diálogo. Sentencia con humildad y fuerza, al mismo tiempo, y solo opina de lo que sabe o de lo que considera que tiene algo para aportar, que en su caso es bastante. En sus discursos sobre temas serios añade un dejo de despreocupación, que impide que en algún momento se convierta en una conversación aburrida o si para hablar de algunas cosas fuera necesario adoptar una postura adusta.

Cree en Dios, pero su camino hacia él fue 100% heterodoxo. Ha leído, ha buscado, ha pensado y ha experimentado sin límite alguno. Sus sentencias se basan en una argumentación subjetiva, como cualquier argumentación, a lo que él agrega una profundidad llamativa para un creyente. Si bien tiene 31 años, parece contar con las experiencias de vida de alguien mucho mayor. Ha buscado mucho, y lo sigue haciendo, apoyado en una virtuosa curiosidad.

En muchos momentos sentí que es una de esas personas a las que vale la pena escuchar con atención. Es generoso en sus explicaciones y descripciones, y se preocupa lo justo y necesario de que su interlocutor vaya siguiendo el hilo de sus argumentos. En algunos casos interrumpí sus exquisitos monólogos con preguntas o desacuerdos, pero más que nada para tratar de alcanzar la profundidad de sus consideraciones. Se desarrolló un juego franco y llano, sin vestigios de lucha de poder por la verdad, sino simplemente una construcción de conocimiento colectivo, cualidad interesante de una porción de nuestra generación, al menos en occidente. Nadie necesitaba tener razón sobre asunto alguno. Así y todo, transversalmente al diálogo tuve la sensación que era un mejor momento para escuchar que para hablar. Y él abrió su individualidad con generosidad, sin máscaras.

No era cuestión de no tener ganas de entrar en un fuerte debate, sobre todo porque había cuestiones en las que teníamos un gran desacuerdo. No obstante, estaba frente a uno de esos tipos que uno siente que es más interesante conocer a fondo y tratar de llegar al fondo de sus pensamientos, que intervenir con el solo objetivo ganar una batalla argumental.

Lo primero que llama la atención al entrar al departamento, además del desorden propio del que tiene cosas más interesantes que hacer que mantener simetrías perfectas, es el entorno tecnológico. Encontré evidencia suficiente para darme cuenta que no estaba siendo hospedado por un tipo adinerado. Sin embargo, destaca la pantalla de 70 pulgadas, teclado y mouse inalámbricos, equipo de sonido de calidad, todo conectado para funcionar alrededor de una computadora. Desde allí ve películas, escucha música, navega por Internet y hasta lee, no solo mails, sino libros y trabajos académicos. Una suerte de groupie de la tecnología, pero que la aprovecha al 100%. En ningún momento me pareció que tuviera algún objeto solo por el valor de su posesión, teniendo en cuenta sus intereses y búsquedas.

Maneja los objetos tecnológicos como un experto. Me pregunta que busco en Estocolmo. Le digo que me interesan los puntos turísticos tradicionales, como monumentos y museos, pero especialmente los sitios escondidos que puedan darme un significado diferente. En un minuto y medio el Google Maps está desplegado por la pantalla de 70 pulgadas y con la pericia del experto me señala un recorrido que podría gustarme.

Estudio psicología. Me interesa mucho, aunque en realidad me gusta más la astronomía; pero es más fácil encontrar trabajo de psicólogo”. Lo dice no sin cierta resignación, con la consciencia de saber que el sistema a veces aprieta. El gran telescopio que tiene lo delata. Un aficionado casual no tendría tamaño aparato en su casa, sobre todo si no cuenta con un trabajo formal. También se ha instruido en arte y filosofía; no así en historia, ya que prefiere leer a todos los que han pensado y reconstruir él mismo el pasado de la humanidad.

Camilo ha viajado y mucho. Tiene en su historial un viaje de dos años por Sudamérica y un vasto conocimiento de Europa central y occidental. Ahora está replanteándose la vida, de lo que se desprende su actualidad vocacional. Recién pasó los 30 y se dio cuenta que quiere hijos y descendencia. No lo percibo muy seguro en su sentencia, pese al perfil que muestra durante la conversación, sea cual sea el tema que se toque.

Entre tanto, sus dos perritos, un macho y una hembra de la misma raza (que son pareja), son dos habitantes más del departamento. Se manejan con libertad de un lado a otro. El varón es más curioso con los visitantes, mientras que la mujer tiende más a la fidelidad inquebrantable con Camilo y Malin. Presencian gran parte de la conversación y a veces requieren un poco de atención; cuando no la reciben, simplemente se acuestan cerca de alguno de nosotros dos a la espera de una caricia despreocupada.

La cuestión de las dos ideologías regresa a la conversación y desacredita aquellas perspectivas que ven al hombre como un animal más, o como un engranaje mecánico de una gran dinámica universal. “Creo en las visiones que piensen al humano como humano”, afirma. Además, es un optimista a partir del vínculo con la gente e intenta propagar la idea de unión y no de separación, algo que según él promueve esa visión ideológica con la que discrepa.

También desacredita las opiniones negativas acerca de la ciencia y de la intervención del hombre en la naturaleza. Reconoce algunos problemas al respecto, pero considera que la ciencia ha aportado, y tiene el potencial para seguir haciéndolo, de mejorar la vida sobre la tierra. Rechaza, al mismo tiempo, las visiones distópicas que ha dado parte de la ciencia ficción durante el siglo XX. Considera que esta perspectiva apoya esa ideología individualista que ve al hombre como un animal y no como un ser humano capaz de crear.

Dios también vuelve al diálogo y describe su vínculo con él. De alguna manera tiene un perfil crítico con las religiones, aunque es cercano al cristianismo y descarta que los profetas guarden responsabilidad con lo sucedido en distintas épocas sangrientas de la humanidad, donde la espada atravesó seres humanos en nombre de alguna divinidad.

Soy ateo”, le confieso, casi en tono de disculpa, y mostrándome quizá inexperto ante conversaciones casuales pero profundas y sinceras. Me pregunta por qué. Le digo que las divinidades son una invención del hombre, como toda cuestión cultural separada de su propia naturaleza, con el fin de dar una explicación sencilla a cuestiones que no se preocupa por buscar su significado profundo. La mayoría de los creyentes, en la actualidad, ni siquiera se plantean con seriedad la problemática de la existencia de Dios, sino que continúan con el legado que les hayan dejado sus antecesores, solo porque es más fácil de ese modo. Además, las divinidades significan un techo para el hombre en su posibilidad de experimentar la vida; sin Dios no existen los límites, al menos abstractos. Y, como es imposible determinar la existencia o no de un Dios de manera comprobable, es más interesante la vida sin él.

Pero yo llegué a Dios a través de la búsqueda y la experimentación”, rebate. Yo me quedo sin una respuesta inmediata y simplemente apelo a la sinceridad del diálogo. “Es la primera vez en mi vida que me cruzo en persona a alguien que cree en Dios, y que ha recorrido y experimentado la vida con tal profundidad”. No se lo admití en el momento, y tampoco en los tres días que pasé con él y su novia, pero la solidez y redondez de su cosmogonía puso levemente en contradicción mi ateísmo.

Camilo se declara como un gran admirador de Sócrates, Plantón y Einstein, algo que se nota en su pequeña biblioteca de papel, con cinco o seis volúmenes con las obras completas de Platón. Discutimos algunos puntos acerca de estos intelectuales; la principal discrepancia, como en la cuestión de las dos ideologías, es su creencia en que existe “una verdad”.

Esta cuestión es uno de los principales puntos donde apoya su creencia en Dios, a su manera, no ortodoxa por supuesto. El otro punto central es su afirmación de que existe un bien en la tierra. Contrario a lo que muchas veces sucede, que se cree en el bien a partir de la existencia del mal, él cree que existe un mal porque existe un bien. Son dos puntos de partida muy distintos: el primero es negativo, el segundo es positivo. Y Camilo es un tipo optimista, como se distingue cuando le pregunto por los movimientos jóvenes en occidente, como “Occupy Wall Street” en Estados Unidos y 15-M en España. “Por lo menos están haciendo algo”. Le trasmito que comparto esa sensación en términos generales, pero le explico mi visión al respecto de un modo más complejo a partir de mi visita a Nueva York en noviembre pasado.

No derrocha optimismo, sin embargo, al describir a los suecos. Los caracteriza como superficiales, políticamente correctos y sin una idea realmente trascendente en la vida. “No se conocen, ni siquiera entre vecinos”. Las relaciones de pareja las ve como únicamente regidas por lo sexual y lo físico, sin profundidad vincular.

Tampoco es optimista al hablar de aquel ente abstracto que en general llamamos “gente”. Considera que mayormente son muy ignorantes y por eso se requieren liderazgos. Descarta las ideas anárquicas e insiste con la cuestión de la unión entre las personas. Trata de mostrarse positivo al respecto, pero su lenguaje corporal no indica lo mismo.

Al hablar de política y economía, es marcado su odio a los bancos y al sistema financiero en general, y su admiración por Franklin Roosevelt. Destaca del presidente estadounidense que lideró la salida de la crisis de 1929, las reglas que impuso en el mercado para que la banca separara de modo concreto y absoluto las actividades comerciales de las especulativas. Dice que esta sería una buena solución de largo plazo para la crisis que viene atravesando gran parte del mundo occidental desde 2008.

Por allí surge el tema de la música (los 100 GB en su computadora muestran su interés y curiosidad al respecto), específicamente la clásica, y le declaro mi admiración por Beethoven. Él decide ir unos siglos más atrás y sugiere a Bach. Explica que el músico alemán se vio influenciado por su compatriota científico Kepler, y compuso su obra alrededor del modelo cosmogónico kepleriano, que describe una cierta armonía como consecuencia del movimiento de los cuerpos celestes en la vía láctea. Kepler consideraba esto como la demostración de la existencia de Dios. “Bach trató de plasmar esta armonía en música”.

Son casi las 4 de la mañana, aunque el cielo del verano sueco nunca ofrece una noción del horario. Nos dormimos al terminar de ver una interrumpida película sin saludos formales. Se cierra un diálogo casual que continuaría los siguientes dos días y, quien sabe, tal vez se retome en algún futuro incierto.

 

NC

Estocolmo, Suecia

28 de junio de 2012

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