Albert Camus toma por asalto el Parque del Retiro

* Publicado en Ficciones PPF

madfb_053Los grandes escritores se diferencian de los buenos escritores porque a uno le da ganas de haber escrito ese texto que está leyendo. O mejor dicho, escribió algo que uno siente que lo define, una identificación distinta que llega a la profundidad psicológica, ya sea a través de un personaje o una idea abstracta. La reconocemos, la vemos adentro nuestro, sentimos que la observamos del mismo modo en que el autor la está expresando.

Eso me genera una necesidad de escribir, pero también el miedo a sentir que uno no está expresando cosas que realmente valgan la pena. Leyendo a Albert Camus, ¿cómo sentir que uno puede decir algo de valor, de una agudeza y una precisión tan particular, una descripción del ser humano tan sincera, tan honesta? Esa es otra gran diferencia entre los grandes y los buenos: tras leer uno de esos párrafos inequívocos, uno siente que ya no hay literatura posible.

Tomo el cuaderno de notas y una lapicera, trato de apuntar algunas cosas, pero las ideas van más rápido que mi mano. No hay tiempo de escribir. Pienso en esa alternativa de grabar que muchos utilizan (y hoy está tan a mano como en el teléfono celular); quizá así pueda conseguir en las palabras algo de cruda espontaneidad y genuinidad, sin ocultamiento explícito o implícito. Expresar sin filtro que es lo que veo, que tengo para decir, allí en las profundidades donde no llega ni una madre, ni una mujer ni un terapeuta. Esas cosas que sería imposible no sean expresadas de otra manera sino es a través de la escritura. Esas son las cosas que valen la pena.

Me levanto, pues, a buscar un sitio más solitario en el Parque del Retiro, ya que me avergüenza un poco que me vean hablándole a un celular de ese modo. Debo parecer loco. Camino y encuentro un espacio de pasto despoblado, un poco más alejado del estanque del parque. Me siento y percibo que estoy rodeado de árboles que no parecen típicos del verano en el Parque del Retiro. Algunos, a mi izquierda, casi no tienen hojas. Precoces otoñales podrían llamarse. El más singular es el que tengo de frente. En realidad parecen dos árboles que crecieron uno pegado al lado del otro y forman una especie de V. Son, en rigor, dos ramas de un mismo árbol, de una misma raíz, con la curiosidad de que las ramas ya están separadas desde el suelo. Dos gemelos. A la derecha hay una serie de palmeras que se muestran rebeldes en medio de una flora más parecida a la de un bosque, y no de playa o selva.

Vuelvo a dialogar con Camus, pero todavía resuena ese primer capítulo de “La Caída”, en el cual un alter ego del escritor francés describe a Ámsterdam con una astucia y singularidad tal, que jamás podré visitar la capital holandesa sin recordarlo. “¿Qué es un juez penitente? ¡Ah, lo intrigué con el asunto!, ¿no? Pero créame que no ponía ninguna malicia y que puedo…”. Imposible, ya me perdí. Cierro el libro, frustrado, y lo guardo en la mochila.

Algunos segundos más tarde, sin casi darme cuenta, me encuentro ya de pie, conectando el auricular al celular y emprendiendo la marcha hacia una porción del Parque del Retiro que no conozco. El impulso se vuelve razón y decido pasear distraídamente, sin pretensión de buscar inspiración, sino simplemente vivir existencialmente el instante. Sería una falsedad atribuirme la inspiración de ese impulso; el elogio lo merece este refugio verde y natural en medio de la urbanidad de Madrid. Un espacio que invita a transitar sin miedos ni preocupaciones, sin melancolías ni ansiedades, sin pasado ni futuro.

Así, deambulando, me cruzo con los restos de la Casa de las Fieras, otrora una suerte de zoológico que supo tener los más diversos animales. Se destaca el famoso foso de los monos. Ahora, ahí adentro no hay carteles recordatorios de la jirafa, el elefante, el oso polar y tantos otros, con escritos literarios muy interesantes, escritos en una supuesta primera persona.

Más adelante me sorprendo mirando con tranquilidad el movimiento de un puñado de aves acuáticas, ante algunas personas que les lanzan comida. Pelean duramente por una miga de pan y, en general, los más grandes ganan y los más pequeños pierden. Una niña, sostenida por sus padres, sonríe ante el movimiento de los animales pero no se anima a darles de comer. Se divierte sin prisa ni necesidad de nuevas búsquedas. ¡Quién pudiera ser niño! Cada vez que un pato se acerca un poco hacia ella, la sonrisa se agranda y expresa el éxtasis con todo su cuerpo.

Salgo de allí para caminar y concentrarme por un rato en Pink Floyd, aunque no por mucho tiempo: escucho un sonido familiar saliendo de un saxofón. Es tango sin dudas. Me siento frente a un señor de unos sesenta años que maneja con habilidad el instrumento. Cuando termina la canción, me dice en un extraño español (que suena a portuñol) que la lengüeta está dañada. Eso le incomoda un poco, pero no le impide tocar otro tango para su espectador porteño. ¡Qué bien que suena el tango en el saxofón! Agradezco la nueva pieza y me acerco a intercambiar unas palabras. Me dice que es rumano y que viaja cada verano desde sus pagos a visitar a sus hijas que viven en Madrid. Lo dice con la sonrisa del músico callejero que goza más de un aplauso de alguien que lo oye unos instantes con atención, que el euro de quien ni siquiera lo mira.

¿Cómo podrían estos dos personajes no sentirse libres y plenos en ese momento? ¿Necesitan tener? ¿Para qué tener, si conseguirlo podría evitarles el gozo de mirar a los patos o tocar el saxo en el Parque del Retiro?

Aun impresionado por el contacto con estos personajes, me acerco a mi lugar preferido del Parque del Retiro pienso que debería volver y sentarme a escribir algunas cosas, antes que las ideas pierdan su frescura. Sin embargo, me es difícil irme de este sitio, de esta libertad, de este conjunto de sensaciones que se tornan experiencia fundamental de vida. Son momentos en los que uno se conecta de manera diferencial con lo real, en los cuales se pierde toda noción de necesidad, tanto natural como cultural. ¿Cómo dejar esos instantes? ¿Cómo no tratar de evitar que se transformen en simples recuerdos? ¿Cómo no empezar a sentir nostalgia adelantada por aquella explosión de estímulos, aquella penetración de la sensibilidad?

Me siento en el fondo de esa estructura antigua donde se ubica la estatua del Rey Alfonso XII, mirando en la misma dirección que los leones de piedra, hacia la laguna y los botes, tratando de intentar una despedida con el Parque del Retiro. “Nunca será una despedida”, parece decirme el parque. “Siempre volverás”, agrega. Es probable que tenga razón. Así como siempre retornaré a Madrid, haré lo propio con el Parque del Retiro. “Por favor no me extrañes ni sientas melancolía de mi; yo estaré aquí esperando tu regreso”, finaliza.

Ya sin el peso de la nostalgia proyectada, me dispongo a disfrutar de un rato más en mi sitio preferido, disfrutando de un atardecer tardío con el sol de frente, sin apuro. De paso, voy a ver si Camus quiere sugerirme algo más.

 

NC

Madrid, España

Junio de 2012

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