Partir

* Publicado en Panorama Negro y Ficciones PPF

despegue-avion

Inicialmente había decidido escribir el 100% de este texto en el avión que me traslade de Buenos Aires a Madrid el 18 de junio de 2012. Así, resistí el impulso de empezarlo en las semanas previas, aunque las palabras y las ideas salían de mí como una violenta cascada en medio de un río calmo. Acostumbro a ser bastante terco con este tipo de decisiones, con lo cual nada pesaba más que esta convicción, que se basaba en el preconcepto de que en esos instantes tendría las sensaciones más frescas y genuinas que fueran posibles acerca de esta partida por tiempo indefinido.

Una semana antes, exactamente la madrugada del 11 de junio, este texto empieza a escribirse. ¿La razón del cambio? Es absurdo impedir que las palabras fluyan. Es inevitable. Cuando eso sucede, hay que volcar las frases sobre papel o, mejor dicho, sobre el procesador de texto de la computadora, y que luego se defiendan solas al momento de relecturas y correcciones previa publicación, si es que la hubiera.

Un tipo de esos que gustan de la escritura bien dicha e intenta transitar esos caminos, me dijo una vez que la primera versión de un buen texto es un vómito desordenado, caótico, que no sabe bien de donde viene ni a dónde se dirige, con faltas ortográficas, verbos repetidos y toda clase de vulgaridades que alguien con un poco de seriedad eliminaría instantáneamente. Luego, con segundas, terceras y “N” cantidad de retoques, terminaría resultando en algo mucho más pulido, con algún valor relativo.

Empiezo entonces con esa primera versión, aunque no esté seguro de que es lo que quiero decir. Comienza, pues, la primera parte de ese vómito, en donde empezaré a puntear algunas ideas, un puñado de citas inspiradoras (y un poco ostentosas, como cualquier cita).

Ni siquiera sé si esto que estoy escribiendo en este momento finalmente aparecerá en ese texto final. Quizá, antes del click final, cuando ya no hay posibilidad de retorno, párrafos enteros que parecían luminarias de perspicacia se transformen en la mayor estupidez jamás escrita, al menos en mi consideración, y se suban al invisible tren del olvido con el triste presionar de una tecla de computadora.

Es lunes 18 de junio, son las 9 y 20 y estoy a veinte minutos de embarcar. Mi expectativa era que este sería un momento muy triste, plagado de nostalgia, con los ojos colorados y húmedos. No es así. Siento tranquilidad. Ni siquiera ansiedad o impaciencia. Lo mismo sucedió a lo largo de todo el fin de semana, en el que me despedí físicamente de toda la gente que me rodea. No hice más que disfrutar de su compañía, emocionado sí, pero sin tener la necesidad de llorar.

La gran ventaja de contar con cierta facilidad para no evitar las lágrimas inevitables, es que resulta más difícil que en un determinado momento surja un llanto incontrolable. Es posible que en esto haya una cualidad innata, pero también es un ejercicio. Uno aprende a no controlar las lágrimas; hay que aceptarlas y hasta quererlas, portarlas con orgullo, aunque aparezca un vestigio vergüenza.

Tengo que reconocer que la gente me lo hizo fácil; cualquier lágrima en un rostro apreciado hubiese sido muy difícil de sostener. Así como yo lo naturalicé, por el tiempo de maduración que requirió la decisión (casi 5 años) y el espacio que tomé entre la decisión y la partida (7 meses), amigos y familia hicieron lo propio. También lo naturalizaron. Entiendo que me conocen lo suficiente para saber que esto era una genuina necesidad, que no tenía nada que ver con un disgusto con mi vida en Buenos Aires.

Debo reconocer, no obstante, que alejarme de la gente fue el punto más complicado, incluso una vez con la decisión tomada. Tuve la suerte aquella vez en Roosevelt Island, mirando Manhattan desde el este, de despedirme de todas y cada una de las personas que me rodean, con un llanto suave pero continuo. Esto generó que la despedida física fuera natural, lógica, y no trágica y triste.

De cualquier manera me pregunto por qué es tan difícil separarse de la gente. Uno a veces llega a un punto de identificación tal con las personas que pasan a formar parte de uno mismo. Circunstancialmente, se deja de ser individuo para ser una familia, un grupo de amigos o un equipo. Es un proceso cultural, no natural, pero lógico; no es absolutamente positivo ni absolutamente negativo, y según el contexto es más o menos necesario.

¿Cómo se llega entonces a una separación, aunque sea temporal? Es un proceso espontáneo, algo que se elabora en el inconsciente y que luego la consciencia le da forma, lo racionaliza, lo evalúa y define. En cualquier caso, el desarrollo de un ser humano en todo su potencial depende en gran medida de la consecución de estas necesidades espontáneas. Su carácter de genuinas implica la imposibilidad de un error. La equivocación, en todo caso, sucede cuando se apura la maduración de esa fruta, porque no tendrá un buen sabor, o se la deja mucho tiempo en el suelo tras caer del árbol, porque ya no será comestible.

Hace casi dos horas que el avión salió de Buenos Aires. El plan era agarrar la computadora apenas subiera, pero la obligación de embarcar me hizo perder el hilo y las ideas no salen, así que volví a meter la computadora en la mochila y opto por llenarme con algunas palabras del Indio Solari en el inicio del viaje, como lo hice cuando fui a Nueva York el año pasado. En este caso es una entrevista antigua que ya había leído, de un ejemplar de la Rolling Stone de 2005, que me regaló un amigo antes de irme. No soy muy afecto a los regalos pero debo decir que me hicieron varios antes del viaje y me emocionó un poco que la gente me entregue objetos con los que me sentí identificado rápidamente.

Termino de leer la entrevista y recuerdo cuan inspirador resulta Solari, más en este reportaje que es quizá uno de los más interesantes que ha dado; entre otros temas, regresa a los 60 y 70, a la cultura bohemia en la que se involucró a los veintipico, y que tanto lo marcó como persona y como artista. Su ideología y su perspectiva estética del mundo y de la vida se muestran de un modo notable a lo largo de toda su obra. Es impactante ver sus canciones traducidas a historias y opiniones vertidas en primera persona.

Los veintipico de Solari me hacen pensar en mis veintipico. Intento leer otra nota de la misma revista, pero no me puedo concentrar. Decido, pues, agarrar nuevamente la computadora, tratar de terminar este artículo y pensar por qué estoy viajando.

La idea de este viaje se completó por una sensación de necesidad, como dije antes. Algunas personas han ejercido su derecho a la pregunta clásica de si esto no se trata, en realidad, de un escape de la rutina que supe construir o de ciertos problemas que pudiera tener; quizá, en algún punto, tengan razón. Pero no se asuste, estimado lector, ya que lo peligroso es el escape sin búsquedas, sin preguntas ni voracidad de más preguntas, sin voluntad de potencia y de vida. Irse por el afán de encontrar es mucho más saludable que quedarse sin buscar.

El concepto clásico del escapar implica algunas exageraciones. La primera de ellas es no considerar que la huida incluye siempre la posibilidad de un regreso. En realidad el retorno es inevitable. Otra de las exageraciones está vinculada a los problemas, especialmente los existenciales, que uno pueda tener en la vida. El irse no necesariamente es la búsqueda de dejar atrás esos problemas; todo lo contrario, es acercarse mucho más a ellos, con una mayor profundidad, con la posibilidad de afrontarlos con una claridad y una sensibilidad distinta, más asertiva e íntima. De hecho, la persona puede escapar de sus problemas sin irse de su ciudad, por medio de vicios burgueses como el exceso de trabajo, el culto a cierto concepto anacrónico de responsabilidad y tantos otros.

Es más, este viaje se trata de todo lo contrario. Escapo de la vida en Buenos Aires para enfrentarme a mí mismo con rigurosidad, con claridad, quizá con cierta violencia, tratando estar atrapado lo menos posible en obligaciones de tiempo y espacio. Quiero observarme hacia arriba y hacia abajo, hacia los costados también. Quiero quitar la humedad del espejo y mirarme a los ojos sin la bruma que distorsiona. Quiero escalar una nueva montaña zaratustreana. Quiero desafiar el statu quo de mis ideas y mis convicciones, para que surjan nuevas y se reafirmen algunas viejas. Quiero obligar al mundo a mostrarme su sentido y su virtud. Quiero experimentar con profundidad ya que, al final de los días, cuando la parca se acerque con la guadaña y nos encuentre en soledad en nuestro lecho de muerte, lo que hayamos vivido es lo único que habrá valido la pena.

 

NC

Buenos Aires, Argentina / Madrid, España

Junio de 2012

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s