La mercantilización del arte

* Publicado en Panorama Negro

Hace algunas semanas, en la crónica Imperio, describí la transformación del colonialismo durante el siglo XX. Si bien la militarización continuó siendo uno de los métodos favoritos del imperialismo, se desarrollaron con mayor profundidad estructuras más complejas en el terreno de la economía y la cultura. Ambos aspectos confluyen en lo que denomino como la mercantilización del arte.

En mi primera de dos visitas al Metropolitan Museum, más conocido como MET, me llamó la atención el parecido que tiene este museo con otros dos de Inglaterra: el Museo Histórico Británico y la National Art Gallery. Las sensaciones al pasear por el MET fueron similares a las que tuve en los mencionados sitios londinenses.

Por un lado, el Museo Histórico Británico es una muestra abierta del robo indiscriminado de piezas arqueológicas e históricas de muchas viejas colonias inglesas. Sin vergüenza alguna y amparados bajo el concepto del cuidado de material de importancia mundial (argumento anacrónico en el siglo XXI), el Museo ofrece de manera obscena desde esculturas griegas y romanas, hasta momias egipcias y una porción del panteón griego.

La mitad del MET es prácticamente una réplica de este modelo. La gran diferencia es que las piezas que los británicos poseen las consiguieron, en su mayoría, en asaltos descarados; los estadounidenses han utilizado un método más sutil: el poder del dinero. Se destacan, en este segmento, armaduras e instrumentos bélicos europeos de los siglos XVI y XVII, monumentos y esculturas de pueblos originarios locales y del exterior, pabellones enteros de esculturas griegas y romanas, y hasta una parte de una pirámide egipcia.

El dinero es el mecanismo que también ha llevado, tanto al MET como a la National Art Gallery, a contar con un importante volumen de obras de los artistas occidentales más importantes de las últimos tres siglos. Específicamente hablando del MET, allí se encuentra una gran parte de la obra de Monet, Cézanne, Picasso, Matisse y muchos artistas de los sitios más recónditos de Europa, como el caso de algunos cuadros de pintores escandinavos y rusos.

La mercantilización del arte es un fenómeno relativamente reciente y se ha desarrollado al calor del capitalismo despiadado. Pensemos el paradójico caso del pintor holandés Vincent Van Gogh. Él murió pobre a los 37 años en 1890; algunas décadas más tarde, sus obras comenzaron a tomar un valor de seis, siete o hasta ocho cifras, en una situación parecida a una burbuja financiera clásica dentro del capitalismo.

La característica principal de este fenómeno es que las obras artísticas tienen más importancia por su valor como mercancía y el poder que significa su posesión, más que por su trascendencia estética e histórica. No se trata ya de la calidad de la pintura, sino de ser “un Dalí” o “un Velázquez”. Mientras paseaba por el MET me preguntaba: ¿Desde cuando entendió el mundo que la forma más adecuada de determinar la posesión de una obra de arte está vinculada a la disponibilidad de dinero?

Como tantos otros absurdos de la dinámica actual del mundo, la respuesta es obvia: el arte se mercantilizó a partir del desarrollo del capitalismo. Max Horkheimer y Theodor Adorno explicaron, a fines de los años 30 y a través de la teoría crítica, como funciona lo que ellos denominan como industria cultural. Si bien los filósofos de la Escuela de Frankfurt se ocuparon más de la producción cultural que de su comercialización, tiene valor como marco general para entender el lugar que el capitalismo ha dado a la producción y creatividad cultural.

Además, es interesante conocer como no solo describieron la actualidad cultural de su época, sino que generaron categorías, conceptos y planteos vigentes y adecuados para el siglo XXI. No voy a abundar en detalles al respecto, quien lo desee puede ampliar con este artículo que publiqué hace algunos años: “Teoría crítica e industria cultural”.

El desarrollo teórico de Horkheimer y Adorno tiene sus raíces en el materialismo histórico de Marx, que separa la dinámica del funcionamiento de una sociedad en una estructura (medios y modos de producción) y una superestructura (política, religión, cultura, ideología, etc). Según Marx, la estructura condiciona a la superestructura de manera dialéctica, con una retroalimentación permanente.

Desde este punto de partida, podemos entender como las condiciones materiales influyen sobre la creación, la comercialización, la distribución y el consumo de productos artísticos y culturales.

Si bien es legal, y hasta forma parte de la lógica del sistema capitalista, me resulta absurdo que para conocer gran parte de la obra de Picasso uno tenga que visitar Nueva York y no España; que para admirar esculturas griegas y romanas sea necesario viajar a Estados Unidos y no a Italia y Grecia; y así podría continuar hasta el cansancio. Esta burbuja “financiero-cultural” ha permitido a Nueva York, al menos desde el punto de vista del arte, convertirse en la capital del mundo, por la sencilla razón de contar con mayor liquidez.

De todos modos, este no es el problema de fondo. La cuestión fundamental pasa por democratizar el acceso al arte. Soy de los que cree que una obra artística, cualquiera sea, no pertenece en realidad a su autor, sino a toda la humanidad. Esto aplica a las obras que poseen los museos. El dueño es nadie, o todos, según como se lo mire.

Al pensar en el arte como patrimonio de la humanidad, sin poseedores concretos, me permití fantasear al final de la visita al MET con la posibilidad de muestras itinerantes permanentes. Por autor, escuela, período histórico o cualquier variable que surja, todos los países del mundo recibirían obras de arte de gran trascendencia. Nadie necesitaría disponer de dinero para viajar y conocer las pinturas de Dalí, Manet o Kandinsky. Bajo la supervisión de un ente supranacional y una comisión de expertos, y con las seguridades que hoy brinda el transporte, ¿sería esto quizá posible? ¿Podrá existir algún día el libre acceso al arte? ¿O tal vez sólo sea un ridículo sueño de alguien que visitó Nueva York con algunas intensiones más trascendentes que hacer shopping, subir al Empire State y chorrear admiración por la capital del (primer) mundo?

NC

Nueva York, Estados Unidos

Noviembre de 2011

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