Otoño en Nueva York

* Publicada en Panorama Negro

Camino por la 5ta avenida, a la altura de la calle 90, hacia el sur, bajo un cielo de varios tonos de gris y una leve llovizna. A la izquierda se encuentran los presuntuosos edificios de los ricos de Nueva York y algunos hoteles. Son todos muy parecidos: edificios de colores claros pero opacos, muy altos, con las ventanas simétricamente colocadas. Quizá buscan simbolizar la perfección y la supremacía del hombre sobre la naturaleza. ¿O solo son el resultado de la explosión demográfica de la ciudad (y del mundo) y la pobre imaginación de un puñado de arquitectos?

En contraste, a la derecha se encuentra la cara lateral del gigantesco Central Park. El cielo gris de fondo es el telón adecuado para resaltar la amplia paleta de amarrillos, naranjas y marrones que ofrece el follaje del parque, con árboles semidesnudos. Aún no entro al simbólico lugar, pero el borde ya muestra una vegetación que crece y se mueve de manera aleatoria, desordenada, libre. O, quien sabe, tal vez la mano del hombre se encarga de recrear la idea de bosque. Lo cierto es que la imagen de la derecha contrasta notablemente con la de la izquierda.

Central Park, Nueva York.

La postal completa es una de esas tantas que te hace caer en la cuenta que estás en Nueva York. Una imagen que ya vi muchas veces. Es la demostración de la fuerza imperial del cine y la televisión estadounidense, triunfante sobre las producciones de cualquier otro país, con un alcance mundial. Sentís casi a cada centímetro que ya conocés lo que el paisaje ofrece.

Observo el otoño en Nueva York y pienso en una entrevista al Indio Solari que escuché el primer día en llegar a la ciudad mientras desayunaba. La había llevado grabada para disfrutar de ella en preciso momento. Casualidad o no, en algún momento menciona que desde que tuvo a su hijo Bruno, una de las cosas que más extraña es disfrutar del otoño en Nueva York. Por alguna razón, ese recuerdo me hace valorar aún más el solo hecho de tener la posibilidad de caminar por la 5ta avenida en este instante.

Camino tras visitar el Museo Guggenheim. Ninguna necesidad básica actual se interpone en la catarata de imágenes, sensaciones e ideas que abruman mis pensamientos. Camino con inercia, como si cayera desde uno de esos altos edificios de la izquierda, con la misma fuerza de la gravedad. La llovizna se intensifica, pero no lo suficiente como para buscar refugio.

El caminar se vuelve más necesario que cualquier otra cosa, porque ayuda a vivir en plenitud el estado de shock que produce el recorrido de un museo. El arte tiene una fuerza tal sobre el ser humano, que incluso puede llegar a generar un estado de la conciencia (algún alma esclava lo llamaría enfermedad) que es abordado por psicólogos o psiquiatras, llamado Síndrome de Stendhal.

Sin (lamentablemente) llegar al estado que consiguió el escritor francés que da nombre a dicho síndrome, los museos suelen dejarme en un extraño estado. Es como si la observación del arte fuera moldeando una pequeña bomba dentro de mi cerebro, que explota con violencia al traspasar la puerta de salida. Entonces, lo único que se puede hacer es caminar y dejar fluir con aleatoriedad las ideas.

Siento, pues, regresar a mi mente la interpretación filosófica del ser y el universo más importante que se haya escrito: Nietzsche y su eterno retorno. Sonrío levemente, porque me doy cuenta que el mismo concepto, una vez que uno lo conoce, confirma su propio significado. Uno siempre vuelve a pensar en el eterno retorno, ya sea porque lo ve durante el recorrido de su propia vida o porque lo invade la necesidad de una nueva reinterpretación. Vuelve sin preguntar ni pedir permiso; simplemente aparece. En lo profundo, sé que nunca dejaré de pensar en el eterno retorno y, quizá, nunca logre alcanzar toda la inmensidad de ese pensamiento.

Veo el otoñal paisaje neoyorquino, pienso en las estaciones y reafirmo que el eterno retorno está presente en la dinámica universal, pero también en las cotidianeidades más banales que a uno se le puedan ocurrir. Pasan por mi mente los constante cambios estacionales, que van fluyendo, más que de modo circular, con la energía del propio devenir de la vida, que hace retornar a la primavera tras el invierno, y luego el verano y el otoño, para llegar otra vez al invierno.

Una nueva visualización del cielo gris y el color de los árboles golpea con la fuerza de algo grande en mi interior. Anteriormente, solía afirmar que el verano era mi estación favorita. Siempre asocié al calor, al sol, el celeste del cielo, con la alegría, la diversión y el buen humor; el disfrute del aire libre, caminar por la noche sin abrigo y el contacto con el agua, ya sea en una pileta o en el mar. Sentía una identificación muy fuerte con todo lo que representaba el verano.

Ese impacto en mi interior me hace repensar esa identificación. Ya sea porque se modificó mi forma de vivir y pensar, o porque no estaba realmente en contacto con mi verdadera identidad como ser humano, el verano me resulta ahora una simple vacación o un olvido (o casi una forma de alienación), hasta que retorna la verdadera imagen que tengo del mundo y la vida: el otoño, lluvioso, nublado y gris, sin cielos celestes ni árboles verdes; menos alegre y más nostálgica.

Mis ojos vuelven una y otra vez hacia la imagen de la izquierda, pero casi no la veo; la invasión de imágenes, ideas y pensamientos es tal que ya no puedo discernir ni interpretar lo que pasa delante de mi vista y lo que sucede dentro de mi mente.

Camino así por una cantidad indefinida de cuadras, hasta que un semáforo me frena. Miro hacia la izquierda y el Central Park no está. El cartel de la calle perpendicular indica que estoy en el cruce de la 5ta avenida y la calle 51. La llovizna ya no es tal, sino una chaparrón intenso. Después de pensar brevemente bajo un pequeño techo, decido que ya es momento de volver a la ficción del mundo real y buscar un lugar seco y calefaccionado para almorzar.

NC

Nueva York, Estados Unidos

Noviembre de 2011

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